Nueva Zelanda (II)
por Anxo Rial el 26/Marzo/2010. Clasificado en Fotos, Viajes
Es de noche cuando diviso las primeras luces de Picton, el primer lugar de tierra firme de la Isla Sur. Es probable que los neozelandeses Split Enz se inspiraran en una travesía a través del estrecho de Cook para hacer su canción “six months in a leaky boat”. Cruzar el estrecho no lleva más de unas cuantas horas en el ferry, pero a mí me parecieron meses de agitada travesía. No soy un lobo de mar.
Por fin tierra firme, no veo nada entre tanta oscuridad, pero hay miles de estrellas sobre mi cabeza, seguro que mañana hará un buen día. Despierto entre un campo de viñedos, en la región de Nelson, el día de momento amanece estupendo, pero en el horizonte unas nubes amenazantes y negras indican que no estamos en verano, aquí en Nueva Zelanda es septiembre, por lo tanto, finales de invierno en esta parte del mundo, puede llover o nevar en cualquier momento. Después de tomar una estupendo desayuno a base de un aguado cafe y unas enormes muffis, me pongo rumbo a la costa, mi próximo destino son las increíbles playas del Abel Tasman National Park. Aquí el paseo que recorre el bosque es de los más apreciados del país, pero dentro de parque hay muchas más alternativas para el ocio. A pesar de ser un centro con muchas visitas, todo esta increiblemente limpio y cuidado.
A medida que voy devorando kilómetros me doy cuenta que estaba equivocado pensando que la isla norte era espectacular. Esto es mucho más bonito !!. La diversidad de paisajes es abrumadora y es dificil para mi no detenerme en cada recodo de la carretera. En poca distancia paso de playas salvajes a ensenadas cubiertas de bosques tropicales, combino lagos de todos los tamaños a tramos de costa abrupta y bravía y cómo telón de fondo las cumbres nevadas de los Alpes Meridionales. Cuando llego a Punakaiki una suave lluvia me acompaña, la nube negra me a localizado y me persigue, espero que se aburra de este pobre extranjero y se dedique a mojar objetivos más interesantes. Aquí en Dolomite Point, la naturaleza ha trabajado miles de años para dar forma a unos acantilados calizos de extrañas proporciones. Cuando sube la marea, las cuevas subterráneas se convierten en respiraderos que expulsan en agua del mar a gran presión, por un momento y ante el espectaculo me imagino grandes ballenas pétreas respirando al unisono. Toda esta parte de la costa, con el Mar de Tasmania como telón de fondo es muy agreste, las playas están llenas de enormes troncos clavados en la arena por la fuerza de las olas, es dificil plantearse un baño aquí, el mar asusta y me hace sentir insignificante ante tanto poder. El día, entre tantas emociones, paso volando, por otra parte suele ocurrir este curioso fenomeno cuando uno esta de vacaciones. Como la carretera va literalmente pegada a costa, aparco la camper al borde de la playa, en el primer lugar habilitado para ello, sin peligro, se que en este país nadie me va a molestar, circular en autocarabana en Nueva Zelanda es como tener una Harley en estados unidos, todo un culto a una forma de vida. Preparo la cena y me voy a dormir.
Despierto con un escalofrio, ha nevado durante la noche, a mi espalda tengo las cumbres nevadas de los Alpes, frente a mí, la playa completamente llena de nieve y las olas con su vaivén levantan vapor de esa fusión de temperaturas, el sol da la pincelada que falta al espectaculo y difícilmente se puede contemplar algo más maravilloso a estas horas de la mañana. Me levanto eléctrico, como un niño, dispuesto a hacer miles de fotos, a capturarlo todo en mi retina. Desde la playa, la carretera serpentea entre lagos de diferentes tamaños, bosques y playas desiertas, un zig-zag constante de paisajes cambiantes, diferentes, así hasta llegar a uno de los asentamietos humanos más turísticos de esta zona de la costa, el pueblo de Fox.
Desde este punto y en un corto paseo me pongo a los pies del glaciar Franz Josef, casi se puede oler el mar desde los pies del glaciar, lo que resulta inaudito para un europeo, en la vieja europa, los glaciares suelen estar adentrados en lo más profundo de las montañas. Desde el pueblo de Fox organizan excursiones a la base del monte Cook o te llevan en avioneta al glaciar superior, en lo que ellos llaman “vuelos escénicos”, todo fácil, sin complicaciones, al servicio del viajero. La carrera abandona la costa, comineza a ganar altura hasta cruzar el Haast Pass, para llegar al Lago Wanaka. Después de comer al lado del lago y tomar un respiro, la estrecha carretera va encadenando lago tras lago, cada cual más espectacular que el anterior, como si compitiesen entre ellos por la belleza. Las cumbres nevadas y el intenso azul del cielo se reflejan en el agua turquesa, es difícil describir el espectáculo sin perderse en emociones, mejor será plasmarlo en una foto y el resto dejarlo a la imaginación. Atardece cuando llego a la ciudad de Queenstown y me siento un poco triste, otro dia se me escapa y cuando uno se encuentra en estos lugares, la verdad, seria deseable que algún dios superior alargase las jornadas al doble, como minimo. Esta pequeña localidad de casas bajitas llamada Queenstown es la capital de la aventura de Nueva Zelanda, desde la década de los 70, ha ido evolucionando para convertirse en centro turístico internacional, todo lo imaginable en el mudo de la aventura esta aquí, rafting, bici de montaña, sky, puenting, escalada, ala delta, parapente…solo hay que elegir, pero también, si no te va el deporte, puedes tomarte un estupendo cappuccino en una de las terrazas con vistas al lago Wakatipu o recorrer las muchas tiendas que hay en el pueblo. De momento me quedo disfrutando del cappuccino, aquí los preparan como en ningún otro lugar del planeta y esperare a mañana para elegir mi deporte.
Anxo Rial
Nueva Zelanda (I)
por Anxo Rial el 19/Marzo/2010. Clasificado en Fotos, Viajes
Cuando el avión hace tierra, ya me había olvidado de que esta existía, después de 26 horas de vuelo, el mundo se reduce a una cabina de avión, unas cuantas guapas azafatas, gente nerviosa, niños llorando y nubes que impiden ver lo lejos que estoy de nuestro medio natural.
Pero afortunadamente ya estoy en el aeropuerto de Auckland, Nueva Zelanda. Un aeródromo pequeño, acogedor y moderno. En el exterior me aguarda la que será mi casa en las próximas semanas, una enorme autocarabana, con el volante a la derecha, empezamos bien. Me dicen que es normal, aquí conducen como los británicos, por la derecha, esto se pone interesante. Tengo que conducir concentrado, las marchas entran con la izquierda y las rotondas tienden a hacerme la vida imposible, pero los neozelandeses son extremadamente amables al volante y lo perdonan casi todo, nadie me atosica con el claxón. Auckland es un lugar ideal para disfrutar de la vida urbana, la gente conbina sus horarios comerciales con el deporte y el ocio, es una ciudad comoda y abierta al mar, como Vigo, pero sin edificios que impidan ver el mar, no sé si pilláis la ironía.
Bueno, resumiendo, Auckland es una maravilla, así que lo mejor es dar una vuelta por el centro y ver como es esta ciudad desde el interior. Uno de cada tres neozelandeses vive en esta urbe o en sus aledaños y la verdad no me extraña, yo también lo haría. La mezcla de habitantes europeos, maoríes, polinesios y asiáticos, dan a la ciudad una diversidad cultural y cosmopolita que ya quisieran para sí muchas ciudades europeas. Ya que estoy en el kilometro “0” lo mejor es subir a los 328 metros de la Sky Tower, desde su restaurante giratorio las vistas son espectaculares y este punto de vista no tiene competencia en toda la ciudad. Disfruto de un café, mientras la mirada se pierde en el horizonte, entre colinas verdes, casitas de madera y veleros, hay muchos. Auckland tiene la reputación de ser la ciudad con el mayor número de barcos de recreo del mundo.
Pierdo todo el día entre las calles de esta tranquila ciudad y me doy cuenta que es una buena manera de “malgastar” mi tiempo. Después de una cena en uno de los muchos restaurantes italianos y con el tráfico más calmado, me echo de nuevo a la carretera con este mounstro de cuatro ruedas, poco a poco lo voy dominando. De momento me dirijo hacia las grandes llanuras verdes de la isla norte siguiendo la nacional 5, aqui las carreteras son estrechas, normalmente sin arcén y si algún dia existio, este fue devorado por el verde del musgo. Mi próximo destino es Rotorua, la ciudad maorí por excelencia, pero eso lo veré mañana.
Despierto a las orillas del Lago Rotorua, la bruma se evapora con los primeros rayos de sol. No doy crédito al espectáculo, esto es increíblemente bonito. Pero lo más reconfortante es que nadie presiona al viajero, la tranquilidad es absoluta, casi irreal para mí, un turista europeo. En Europa, casi siempre tenemos prisa para todo, todo lo contrario de Nueva Zelanda, donde todo es equilibrado y pausado. Rotorua es el centro termal de la isla norte y uno de los destinos turísticos más populares. Aquí hay todo tipo de piscinas, aguas minerales y tratamientos para los amantes de los balnearios. No me voy sin visitar Waiotapu Thermal Wonderlandl la más famosa es la humeante piscina champan, pero esta es una tierra de geisers, ciénagas de hirviente lodo y pozos de ácidos donde es mejor no caerse.
Continúo mi recorrido extasiado por el paisaje, la diversidad de contrastes y maldiciendo entre dientes el lugar donde vivo todos los días, bueno, mis pensamientos van dirigidos a los pésimos políticos que nos gobiernan, por no hacer de la maravillosa ría de Vigo un “Auckland a la Gallega”. Taupo es uno de los Lagos más grandes de Nueva Zelanda, enorme como un mar interior, donde no es posible distinguir sus orillas. Aquí, paseando al borde del agua una bandada de patos se acerca volando hasta donde yo estoy, sin temor me rodean y al poco rato, reeprenden de nuevo el vuelo. En la misma dirección de mi viaje encuentro el Tongariro National Park. Una vez aquí lo mejor es siempre visitar el centro de información, -en cada rincón del país hay uno-, éstos son auténticos salones enmoquetados, el de Tongariro tiene todo tipo de información sobre los senderos que permiten ver de cerca los volcanes o cualquier rincón del parque, exposiciones, lugares para el ocio o viajes expres para los más despistados. Tomando como referencia el Mar de Tasmania, voy recorriendo la isla, bajando hacia la localidad de Wellington. Colinas onduladas, prados tapizados de verde, montañas, granjas aisladas, ovejas, caballos y pequeñas poblaciones son las señas de esta parte del país, un paisaje cambiante con cada curva de la carretera.
Wellington es la capital de Nueva Zelanda y el extremo sur de la isla norte, aquí llegaron los colonos europeos a mediados del siglo XIX y hasta ese momento gigantes árboles milenarios cubrían estas tierras. Entre las décadas de 1870 y 1910, toda la zona se convirtió en la base del mayor proyecto de deforestación de país. Hoy, el paisaje es bien distinto, las casas de madera pueblan las laderas que caen al mar y la ciudad resulta tranquila y encantadora. Desde la colina donde se encuentra el jardín botánico, asentado en un antiguo cementerio, hay unas excelentes vistas de la ciudad y entre sus curiosos edificios esta la construcción de madera más grande del hemisferio sur, un inmueble llamado Old Government Buildings, hoy universidad de derecho. La verdad me cuesta creer que este edificio sea todo de madera, lo tengo que tocar para cerciorarme de que es así. Sin duda una verdadera obra de arte.
Llega el momento de continuar mi viaje, ahora en barco, el ferry me cruzara por el embravecido Estrecho de Cook a la otra pare de este país, la Isla Sur, así que nos vemos en el otro lado.
Anxo Rial.
San Pedro de Rocas, tierra de monjes.
por Anxo Rial el 09/Marzo/2010. Clasificado en Fotos, Viajes
San Pedro de Rocas es un pequeño santuario, un templo casi mágico y oculto en un espacio compartido a partes iguales por “penedos” de infinitas y caprichosas formas y un denso bosque de pinos, castaños, abedules y robles.
Gemodus fue un caballero del siglo IX, en una ocasión estando de cacería con varios de sus comensales descubrían juntos este increíble paraje. Confundidas con la maleza se hallaban también unas ruinas del siglo VI, que atestiguaban la presencia humana en Rocas. Impresionados por el paraje y como si de una secreta comitiva se tratara, deciden retirarse a las cuevas ocultas entre la bravura del bosque y restaurar el recinto. A partir de ese momento cambiaría la vida de estos caballeros, dedicando su existencia a la meditación y la penitencia, olvidándose del mundo y entregando su espíritu al lugar. Que postura tan radical y difícil de entender en el mundo actual en que vivimos, donde todo necesita una explicación.
Lo primero que llama la atención a la hora de contemplar el conjunto de edificios que forman el santuario es su curioso campanario, allí inevitablemente se dirigen mis ojos. Este, situado al norte de los principales edificios, destaca por estar asentado sobre un impresionante “penedo”, una gran piedra de diecinueve metros de altura y con un tosco arco labrado en granito, todo tallado a mano y cincel.
El interior de la pequeña iglesia destaca por lo rudimentario y lo sencillo del recinto, un altar mozárabe y sepulcros con forma humana excavados en la misma roca forman parte de este misterioso y sombrío paisaje interior. Este edificio, es el más antiguo de los templos católicos conocidos y uno de los monumentos más importantes de la provincia de Ouresnse.
Pero no penséis que este lugar fue siempre así, a lo largo de la historia, como si de una plaga se tratase, diferentes incendios marcaron la evolución o la destrucción de San Pedro de Rocas, el más reciente y devastador acontecía en 1928, las llamas reducen el pequeño monasterio a un desolador estado. Con el conjunto monástico en ruinas, los feligreses tienen que refugiarse en la vecina Santa María de Esgos. Lamentablemente en la época se toma la decisión de no restaurar el recinto y se construye una nueva iglesia en la cercana parroquia de Quinta, hasta allí se trasladan las campanas del rústico campanario y San Pedro de Rocas, ya sin el lamento de sus campanas, entra paulatinamente en el silencio y el olvido. Es en la última parte del siglo XX cuando se presta de nuevo atención a este espacio que soporta cerca de mil quinientos años de historia y se afronta su restauración definitiva.
Conociendo un poco la historia de San Pedro de Rocas, el paseo por el lugar cobra nuevas perspectivas. De nuevo me dirijo al vetusto campanario, sin duda símbolo del monasterio, se especula como seguro constructor de este campanil al prior Gonzalo de Penalva a mediados del siglo XV. Por unas rusticas escaleras de piedra, subo hasta esta modesta atalaya que me obsequia con unas vistas increíbles de estos cultivos pétreos. Piedra y bosque forman un paisaje sin fisuras, armónico y denso.
Una vez en el suelo y por una calzada gastada por los años, la espesura del bosque se apodera de mi sombra. Antes de descender por la senda empedrada, hay un pequeño cementerio, un camposanto tapizado de musgo y hojarasca, que de alguna forma transmite al observador esos sentimientos de paz, olvido y dejadez. Más allá, a la sombra de una gran roca, la fresca fuente de San Benito, que en estas épocas expulsa agua sin control.
Sigo una senda que se adentra en un paraje totalmente arbolado, sorteando pequeños cauces de agua y curiosas formaciones rocosas de varios tamaños. También, a medida que el camino avanza, me contagio del ambiente rural de las pequeñas aldeas que viajan paralelas en el tiempo a la historia del monasterio, Cernada, Arcos, Esgos, diminutos núcleos habitados que fueron prosperando en torno al pequeño centro religioso y donde parece haberse detenido los años. Pináculos de oración, Petos de Animas, cruceiros, el camino rezuma historia pues comparte pasos con el cercano Camino Real.
El tiempo pasa y al final de este pequeño recorrido, el monasterio de San Pedro de Rocas vuelve a reaparecer entre el bosque, con su visión es posible acariciar aquellas lejanas sensaciones de paz y utopía, que seguramente sintió el caballero Gemodus, cuando descubrió este lugar. Tal vez el idealista caballero pensó que el tiempo se detendría sin llegar a traspasar los gruesos muros del cenobio, conservando el lugar intacto a los ojos del progreso. Es bueno tener ilusiones, este rincón conserva aún esas pequeñas dosis de paz y no sere yo el que levante la voz.
Anxo Rial.
El coleccionista de musgo.
por Anxo Rial el 28/Febrero/2010. Clasificado en Fotos, Montaña
Llueve, últimamente solo llueve. A través de mi ventana, las gotas resbalan a borbotones, no es una lluvia romántica, sino torrencial, violenta y cansina. Hace mucho que llueve en el país de la lluvia, y los ánimos están ya en horas bajas. Los seres humanos necesitamos el sol, la luz y el calorcito.
Miro al cielo y solo veo nubes ennegrecidas, los partes meteorológicos tampoco dicen gran cosa, no veo mejoría y eso que cierro fuertemente los ojos, como cuando era niño y pensaba que con hacer ese gesto y desearlo mucho, mucho, los deseos se cumplían. Esta vez no. Como no quiero darle mas vueltas a este estado de humedad permanente, me voy. Salgo de casa y decido unirme a mi adversario, la lluvia. Me voy a visitar el que en su día fue el primer parque Natural de Galicia, el espacio natural del Monte Aloia ya fue creado en 1978, cuando este tipo de espacios no estaban de moda.
Este precioso enclave engloba varios montes paralelos a la costa gallega, es el punto más alto de la escarpada Sierra del Galiñeiro. Nace aquí la cabecera del río Louro, afluente del Miño. No es un monte muy alto, pero sus 629 mts. en la cumbre de San Xiao atrapan las nieblas que entran directamente del atlántico, creando un clima especialmente húmedo. He tenido suerte y el lugar está tal y como me lo había imaginado, el agua mana por cada poro del monte y una niebla densa me atrapa nada mas llegar. Un panorama ideal para dejar escapar de mi imaginación esas pequeñas fantasías. Las libero para que se mezclen con las sombras del bosque. Tal vez todas estas confabulaciones tengan mucho que ver con las leyendas de Galicia, pero en las proximidades de la ermita de San Xiao, no sería difícil, en otros tiempos y con estas mismas condiciones, avistar una comitiva de a Santa Compaña. Por cierto la vetusta capilla fue construida en 1713, sobre los restos de un antiguo templo románico. A través de la niebla y hacia la parte mas alta del monte se divisan varias cruces, es un vía crucis que culmina en le mirador de la gran Cruz, finalizado en 1910. En un día despejado, desde la gran Cruz es fácil divisar a vista de pájaro la monumental ciudad de Tui. Mas allá, y tras cruzar el río Miño y su estuario, las fronterizas tierras del vecino Portugal.
Cuando camino bajo el cobijo del gran haya, sus ramas me cuentas que este maravilloso paraje no seria posible, sin la constancia de un visionario, un hombre que su amor por los árboles llevo hace ya muchos años a convertir el yermo paisaje de este monte en un inmenso vivero forestal. Rafael Areses Vidal, puso en marcha en 1910 una repoblación masiva de varias especies, algunas importadas del lejano Japón, en principio para conmemorar un día especial del árbol en la ciudad de Tui.

Via Crucis
Hoy muchos años después ya casi nadie se acuerda de esos comienzos del parque, pero los dirigentes y coordinadores de este espacio natural, lo tienen todo previsto y recuerdan en la casa del guardabosques, a través de una exposición permanente, la historia, la flora y la fauna que encontramos por aquí. De verdad que la tosca casa del guardabosques merece una visita por su curiosa construcción.

Coleccionista de musgo
Poco a poco la falta de luz me indica que ya falta poco para el anochecer, yo disfruto del paseo entre la pertinaz lluvia, pero esta atmósfera tan etérea y misteriosa me reconforta. Los pequeños cauces van completamente rebosantes del agua, todo esta mojado y el musgo, verde e hinchado crece en todas las sombras del bosque. Ya no me preocupa habitar en el país de la lluvia, sin darme cuenta me he convertido en un coleccionista de musgo.
Anxo Rial.
Riaño, el paisaje sumergido.
por Anxo Rial el 24/Febrero/2010. Clasificado en Montaña, Viajes
Riaño podría ser perfectamente uno de los pintorescos y acogedores pueblos que salpican la apacible montaña de León, podría, pero el destino jugo una mala pasada al paisaje y a sus gentes. Una fatalidad que transformaría la fisonomía de un pueblo que hasta entonces solo se regía por las leyes naturales de los neveros y los ríos.
Cuando en la lejanía diviso las construcciones del “nuevo” pueblo de Riaño, un aire gélido me saluda, el día está totalmente despejado y hace sol pero noto que la montaña Leonesa y las alturas no perdonan, hace fresquito. Detengo mi automóvil a un lado de la serpenteante carretera y contemplo el conjunto que forman las cumbres escarpadas, los prados verdes y el pantano. Desconozco como seria el valle original donde estaba asentado el antiguo pueblo, pero de verdad que lo que veo es espectacular. Rodeado de montañas el pantano actúa como un espejo y contemplando este gigantesco reflejo es fácil dejarse llevar, soñar y de nuevo, como muchas otras veces, llegar a la conclusión que es difícil superar tanta belleza, lo que veo es un lienzo ya terminado.
Me tomo mi tiempo antes de volver a la carretera, cruzo el largo puente y sin poder evitarlo me topo Riaño. Me encuentro con un pueblo desubicado, sin personalidad, como si el espíritu del asentamiento original hubiese quedado sepultado para siempre bajo las aguas de pantano. Todo, salvo algunos recuerdos del pasado, es nuevo y las construcciones son edificios, no muy grandes, pero edificios al fin y al cabo, que no tienen justificación en medio de este lugar. Dañan el paisaje y la sensibilidad de mi retina.
En medio de la calle un pastor con su rebaño atasca la arteria principal del pueblo, bueno, no atasca nada en realidad, estamos a finales de septiembre y el tráfico es nulo. Como el estrés y la prisa no forman parte del modus vivendi de esta gente, me dispongo a disfrutar del tiempo paliqueando con el pastor. Me cuenta como era el antiguo pueblo, del trajín de sus calles, de las ferias de ganado. Hay resentimiento en sus palabras cuando me habla del desalojo, de las cargas policiales, de la impotencia de sus paisanos. Pena, melancolía y recuerdos de una etapa más joven en su vida son lo que trasmiten sus palabras. Me habla de las fechas, de los números malditos que marcaron la línea de vida del antiguo pueblo, una el 25 de febrero de 1966 cuando el Consejo de Ministros autorizó la ejecución del tapón de hormigón de la imponente presa. La otra, cuando el 7 de julio de 1987, veintiún años después, comienza la demolición definitiva de Riaño y los pueblos del Valle.
Entre estas dos marcadas fechas existe un tira y afloja por parte de los habitantes del pueblo por salvar sus hogares, una lucha condenada al fracaso, si éxito. Ya por fin y después de una larga agonía, una fría y gris tarde del mes de diciembre de 1987 se cerraba definitivamente la presa de Riaño y comenzaba así el lento avance del agua. Ahora los recuerdos hay que buscarlos en viejas fotos o en la memoria de sus habitantes. En cualquier caso es difícil no impresionarse con la visión de Riaño. Si el día es tranquilo y soleado como hoy, la perfilada silueta de un pico esbelto, puntiagudo y aparentemente inaccesible, marca su reflejo en las aguas del pantano, el Gilbo no es el más alto de todos los que rodean Riaño, pero sí el más bonito. Yo os dejo, de momento me quedo aquí, disfrutando y soñando con su cumbre.
Anxo Rial
Land Rover.
por Anxo Rial el 19/Febrero/2010. Clasificado en Viajes
Hola, soy un Land Rover, si, un coche. Vaya, pesabais que los coches no tenemos vida mas allá de la chapa y las tuercas. Pues sí, también tenemos sentimientos, unos más que otros, también es verdad. Soy un Land Rover Ingles, blanco, bueno ahora, después de catorce años ya no soy tan blanco, pero mi chapa de aluminio todavía esta como el primer día, con cicatrices, las lógicas del tiempo y de la aventura, pero me conservo bien.
Porque si algo tengo que agradecer en mi vida, es que el dueño que me ha tocado, es aventurero y me ha sacado a todas partes a donde a ido, he visto mundo amigos !!. Muchos lugares diferentes, maravillosos e interesantes. Descubrieno horizontes, nuevos caminos, sin retroceder y lo que es más importante, sin quejarme. No soy como esos todo terrenos que nunca, por mucho que lo deseen y les pidan a sus dueños, jamás los han llevado al monte. No soy un pijo de ciudad, soy de campo y me encanta, lo llevo en el chasis. Mi dueño me ha dado caña, pero me ha tratado bien, siempre me ha concedido lo que le pedi, a veces, todo hay que decirlo, a regañadientes, no le hace mucha gracia que se me rompan los palieres o las crucetas, pero así es la vida de un coche de monte. A pesar de todo creo que me quiere y me tiene cariño, aunque ahora me tenga un poco olvidado, yo se que en el fondo me ve con ojos de admiración, nunca le fallé y él lo sabe.

De joven, mi primer dia en la playa.
No es que mi carroceria blanca no le sirva ya, ni que me haya vuelto un viejo coche achacoso y quejica, tampoco le doy muchos problemas, no, no es eso, es que otro de mi especie, más joven y de un color azul más bonito me ha venido a sustituir, en fin, es la vida y lo entiendo, pero en el fondo de mi motor un poco de odio encubierto si que le tengo. Me hace sentir inútil y la verdad todavia tengo mucho que aportar. Ahora es ese engreido azul el que se va a por nuevas aventuras y eso, eso me duele.
No os negare que estoy un poco triste, aquí parado, viendo los días pasar, sin alicientes ya, sin aventuras. Demasiado tiempo para pensar, para recapitular recuerdos, añoranzas de cuando era joven y parecía que las distancias y los obstáculos no existían. Que felices e ilusionados estábamos, pues mi dueño estaba contento y yo le acompañaba a todas partes, éramos inseparables. Bueno, si, hemos tenido nuestros problemillas, pero quien no tiene sus más y sus menos en una larga relación? Pero al final el roce hace el cariño y aquí me tenéis, un montón de años después, en un jardin, podria ser peor.
Podría contaros un montón de aventuras -tal vez lo haga algún día-, mis vivencias en la nieve, en el barro, noches de acampada, de risas, de reuniones al calor del fuego, de frías noches de invierno en las cuales todo mi armazón se estremecia de frio, soñando con el amanecer y el calor del sol. Me encantaba esa vida y la echo de menos, caray, si que añoro esos momentos en los que me sentía vivo. Pero lo que más echo de menos es a mi dueño, mi amigo, deseo que vuelva a sentarse a mis mandos, que me encienda y de nuevo confíe en mí para emprender nuevas aventuras, eso me gustaría mucho, verle feliz de nuevo. Mientras, esperare, soñando con la nieve, con las acampadas, con las risas, con las reuniones al calor del fuego, con la vida y por qué no, con un nuevo cambio de aceite.
Anxo Rial
Rumania, tierra de leyendas.
por Anxo Rial el 17/Febrero/2010. Clasificado en Montaña, Viajes
Hoy en los tiempos de globalización y donde parece que toda Europa es similar, todavía existen lugares diferentes, donde el tiempo parece haber esquivado la realidad de las horas y donde las manecillas del reloj se mueven de forma más pausada. Esa es mi impresión cuando pongo el primer pie sobre Rumania.
Rumania es una encrucijada de influencias, una tierra de contrastes donde se mezcla el ajetreo y la confusión urbanística de Bucarest con el entorno totalmente rural del resto del país. La gente es amable y resulta relativamente fácil comunicarse. De hecho algunas palabras son similares al Gallego, por lo que no resulta muy complicado entenderse, yo siempre digo que hay que tener voluntad para entablar esa cominicación, lo demás depende del método, de todas formas la gente tiene su ritmo, un compas pausado y donde la prisa no parece formar parte de su manera de vivir. Al principio todo resulta un poco caótico, -bueno, como aquí en España no hace demasiados años-, pero es ese supuesto “desorden” el que poco a poco me cautiva y cuando llevas unos días en el país ya te sientes uno más y agradeces esa forma lenta en que transcurren los días.
En cualquier caso, como las ciudades grandes no son los que más me interesan de los países que visito, enseguida me despido de Bucaresti y me pongo en marcha hacia zonas más rurales, pues imagino que es ahi donde encontrare la verdadera esencia del país. En mi coche de alquiler, que por cierto contrasta con el parque móvil desfasado y destartalado, que circula por las maltrechas carreteras de Rumania, me dirijo a las tierras del conde Dracula, a los Cárpatos. Mi primera parada importante es Brasov, una antigua ciudad medieval sajona. Su zona vieja parece adormecer en otra época y contrasta con el bullicio de la gente en su calle principal, aquí se aúnan tiendas, vendedores ambulantes, músicos y turistas como yo.
Casi por casualidad descubro una carretera que me lleva a la estación de montaña de Poiana Brasov y desde el mirador de Timpa descubro una ciudad encantadora, diferente desde las alturas, quizás influya en esta visión el maravilloso atardecer que tiñe los tejados de la zona vieja, el campanario de la Iglesia Negra y la Torre del Consejo despuntan en un océano de viejos techos y callejuelas estrechas, me gusta este lugar y me siento feliz por estar aquí.
Ya estoy en Sighisoara, esta es la ciudad medieval mejor conservada y mas evocadora de Transilvania, aquí nació Vlad Tepes, el “empalador”, un príncipe héroe de la resistencia antiturca que despues de una vida de batallas y traiciones termino sus días maldito y decapitado, este fue el personaje que inspiro a Bram Stoker la leyenda del Conde Drácula. Pero no os engañeis, hay muchos rumanos que creen en la existencia del vampiro. Este pais esta lleno de leyendas y supersticiones.
Antes de subir a la ciudadela, donde está la casa natal de Vlad Tepes, mejor tomarme un buen desayuno. A estas alturas ya eh descubierto que no es fácil tomar un buen café al estilo europeo, en toda Rumania el café que beben es turco, nada que ver con lo que estoy acostumbrado y desde luego nada recomendable para disfrutar con un buen pastel. Afortunadamente ya me integré en las costumbres del país y desayuno como un rumano mas, la “mamaliga” es una papilla de maíz que se acompaña con un queso blanco y está exquisita.
He llegado por fin a las montañas más secretas de Rumania, colinas verdes, paisajes kársticos, gargantas y todo salpicado de casas de madera, estoy en los montes Apuseni. Esta es la región de los Moti, históricos habitantes de la zona que todavía viven de la ganadería, la madera y artesanía. Siguiendo el rastro de colinas verdes desemboco en los Maramures, casi en las lindes con Ucrania. Desde este lugar visitolas casas de madera con sus puertas repujadas, alguna que otra fiesta tradicional y los numerosos monasterios, iglesias y fortificaciones que poco a poco me recuerdan que mi tiempo se acaba, tengo que dejar este país donde la gente todavía vive en la calle, donde los niños te rodean curiosos por saber de que otro mundo has salido o donde todavía es común viajar a caballo. Me temo que la próxima vez que visite Rumania, las cosas habrán cambiado, supongo que para mejoría de sus habitantes, pero seguro que a mí no me trasmitirá las mismas sensaciones de paz en mi espiritu acelerado.
Anxo Rial
Picos de Europa
por Anxo Rial el 06/Febrero/2010. Clasificado en Fotos, Montaña
Deje un comentario más...A Peneda, paisaje olvidado.
por Anxo Rial el 06/Febrero/2010. Clasificado en Viajes
Desde las mismas riberas del Miño comienzan ya a perfilarse las pendientes que dan forma a las tierras altas de la sierra de A Peneda. Desde el mismo cauce del río que separa el sur Gallego y el norte de Portugal, el paisaje de bosques ribereños y cultivos propios de tierras fértiles se va transformando. Una fisonomía que va cediendo poco a poco ante las cumbres de granito que pueblan las alturas de A Peneda.
El Parque Nacional da Peneda-Gerês es uno de los principales atractivos turísticos y naturales de Portugal, se sitúa al norte de Portugal y hace frontera con Galicia, comparte pues muchas costumbres e incluso ciertos giros en el idioma que hace fácil el acercamiento entre las gentes de estos dos lugares.
Han pasado ya más de una treintena de años, desde que las autoridades portuguesas denominaban el conjunto Peneda-Gerês parque nacional y conjuntamente con el Parque Natural do Xurês y Baixa Limia constituye la mayor área protegida del oeste de la Península Ibérica. Una acertada medida de protección que conseguía conservar las identidades naturales, paisajisticas y culturales de esta importante extensión de casi 72.000 hectáreas, donde más de cien aldeas de todos los tamaños dan cobijo a 15.000 habitantes. Al abrigo de este espacio protegido, las costumbres casi se mantienen imperecederas y el tiempo solo esta marcado por el cambio de estaciones, las gentes que las habitan lo saben y este es su único reloj, un diapasón natural que ha marcado la trayectoria de todos los pueblos que asediaron y ocuparon la Península; celtas, iberos y romanos, marcaron estas región, especialmente los últimos que en su trazo de conquista construyeron aquí una gran calzada, la “Geira Romana”, que unía Bracara Augusta,- es decir la hoy conocida como Braga- y Asturica Augusta, hoy Astorga. Todavía en Portela D´Home, es visible parte de esta calzada, junto con grupos de miliarios romanos.
Pero también la religión ocupa un peso importante en la vida e historia de los habitantes de estos pueblos, en cada valle se encuentra una pequeña capilla o un peto de animas, que de alguna forma conducen al fiel hasta el magnifico santuario de la Senhora da Peneda, símbolo indiscutible del fervor religioso en estas tierras. En un valle al abrigo de la escarpada Pena Meda de 1.266 mts donde es habitual la escalada,-no en vano esta es una de las escuelas de escalada más legendarias e históricas de Portugal y sur de Galicia-, se levanta el santuario dedicado a la Virgen de las Nieves con una importante y espectacular escalinata de granito que atraviesa la Vía Sacra, con un conjunto formado por veinte capillas ubicadas a ambos lados es este calvario, realizadas entre los siglos XVIII y XIX, e inspiradas en o Bom Jesús do Monte, de la hermosa ciudad portuguesa de Braga, centro eclesiástico del país y localidad más importante de Minho.
El santuario y sus aledaños bien merece una pausada visita, las pequeñas tiendas que rodean la empedrada plaza transportan al visitante a otros tiempos, aquí se venden desde hortalizas cultivadas por los lugareños hasta artesanía típica del lugar. Si nuestra presencia coincide con los primeros días de septiembre, que aquí suele ser caluroso, podremos presenciar la masiva peregrinación al santuario de gentes de toda la región con un fervor y devoción que sorprenden a más de un curioso.
Si bien las gentes han sabido aclimatar esta tierras a su existencia, no lo han tenido tan fácil especies como el lobo, antaño muy abundante en la sierra. Como en otras zonas de la península, fue perseguido durante años, hasta que en 1988 un programa de recuperación lo mantiene a salvo contra la caza indiscriminada de antaño. Los fosos de piedra que durante años servían para dar caza al temido cánido, han pasado a formar parte de la historia etnográfica del lugar, incluso algunos se han conservado y restaurado como legado del pasado y hoy son visitables. Actualmente el único antídoto que hace frente al lobo contra los ataques al ganado que campa libre en los pastos de altura es, como siglos atrás, el perro portugués de Castro Leboreiro, raza noble de guardia y pastoreo. Peor suerte han corrido los osos, abatidos definitivamente a finales del siglo XIX, la cabra del Gerês o el corzo de la Peneda, que hoy solo es visible en el símbolo del parque. Para los amantes de la flora, aquí se encuentra una de las más raras y bellas especies de lirio, exclusivo del Geres y amante de los suelos pobres, habita en las alturas, casi rozando los 1.300 mts. Difícil de ver, pero no imposible.
Si nuestra intención es profundizar un poco más en este fantástico lugar, existen multitud de sendas que nos permiten adentrarnos entre la soledad de los valles de altura, planicies fuertemente encajadas entre las desnudas rocas que nos harán sentir etéreos en el tiempo. Otras sendas en cambio nos llevan por rutas históricas, como la que recorre buena parte del camino fronterizo en Portela D´Home, uniendo nuestras pisadas al espíritu de los romanos.








































