A Rapa Das Bestas.
por Anxo Rial el 06/Julio/2010. Clasificado en Fotos, Viajes
A medida que me acerco noto el rumor del gentío, me cuesta abrirme paso, cientos de personas se apelotonan en torno a un ancestral escenario, un cercado de toscas piedras acumuladas por la mano del hombre, una división que delimita el escenario de la escena.
Conozco el lugar, habitualmente esta desierto, sin presencia humana, pero hoy es diferente, a la gente hay que añadir la presencia de los pulpeiros y algún que otro puesto de cervezas. Hoy el calor, el sudor y mucho polvo forman parte de la fiesta, se que son los ingredientes indivisibles que debo condimentar para disfrutar de estos momentos que solo se repiten una vez al año. A Rapa das Bestas, forma parte de la historia de Galicia y son miles de personas las que cada verano se concentran en las montañas de Galicia en las muchas fiestas dedicadas al mundo del caballo salvaje.
Un ritual que se repite a lo largo de los años, tantos, que los celtas fueron los que comenzaron a documentar la importancia del caballo entre su cultura, hay numerosas pruebas de grabados en granito que atestiguan la vida cotidiana de la población y lo que en realidad era importante para ellos. Los petroglifos, como el de Viladesuso en la zona de A Gova o el de Sabucedo, ambos en Pontevedra, representan al caballo, bien en solitario o tirando de carros.
El curro comienza siempre reuniendo en manadas a los caballos salvajes, a menudo desperdigados por los montes cercanos al lugar del curro. Los caballos adultos y las nuevas crías son conducidos al recinto, semejando una escena del lejano oeste americano, ese escenario amurallado donde al final serán separados. Y es en ese momento cuado va a ser apartados, donde se concentran las mayores emociones de la fiesta. Me acomodo en lo alto de los muros que delimitan el escenario de lucha. De repente, rodeados por el polvo, los caballos desbocados entran en el recinto, primero con holgura, pero a medida que el número aumenta, los equinos luchan por su espacio, se hacen evidentes las disputas y la lucha por guardar el territorio, su espacio vital. Los caballos sudan, se revuelven, lanzan dentelladas al aire y saltan. Es cuando los “aloitadores” o los mozos del pueblo en un alarde de destreza, valentía y a veces sin sentido, saltan sobre los garañones en una enloquecida ceremonia, sujetan a los caballos por sus crines, inmovilizándolos, separándolos, bien a mano desnuda o con lazo. Es evidente que en todo el revoltijo de las diferentes bestias hay pisotones y patadas, algunos caen al suelo terroso, pero forma parte de la tradición.
La ceremonia finaliza con el marcaje a fuego de las nuevas reses, cortar sus melenas o posterior venta si hay un buen comprador. Los ejemplares que no vayan a ser aprovechados se vuelven a soltar al monte donde galoparan en libertad condicionada un año más, a la espera de que la historia se repita. Yo mientras, lo que necesito es un baño que mitigue mis sudores y desprenda la espesa capa de polvo acumulado en la contienda y eso que solo soy mero espectador.
Anxo Rial.




Julio 20th, 2010 on 18:05
Menudas caras de verdadero miedo hay entre esos caballos, nunca he ido a la rapa, pero pena me daría ver cómo las marcan con metales ardiendo. Espectacular, seguro. Agradable…tendría que verlo.