San Petersburgo.
por Anxo Rial el 30/Junio/2010. Clasificado en Viajes
Una lejana calida tarde de agosto de 1782, con una muchedumbre congregada a la orilla del río Neva, la emperatriz Catalina apareció ante los asistentes y dedico a San Petersburgo el “Jinete de Bronce”, la figura fundadora de la maravillosa ciudad.
Después de muchos años alojando zares, la ciudad de Moscu estaba sumida en un misterio y una desconfianza en la que el joven Pedro no parecía encajar. Pedro era hijo de un zar, padecía epilepsia pero aun así, era un tipo grande de casi dos metros, con aficiones militares y gran amante de los navíos. Pero la principal facultad de Pedro era su curiosidad, el ansia de saber, de escuchar a los mercaderes extranjeros. Eso le llevo a recorrer de incógnito el continente europeo, reuniéndose con monarcas y compartiendo conocimientos. Cuando regreso a Rusia, llego a la conclusión de que su país vivía en las tinieblas del progreso. Mas tarde, después de muchas disputas familiares y con diecisiete años, mando a su hermana a un convento y se autoproclamo zar de Rusia. Una empalizada de madera en la isla de Hares, se convirtió en el nacimiento de una nueva ciudad. En Junio de 1703, el zar dio nombre al lugar, Sankt Pieter Brukh, y la ciénaga comenzó a tomar forma. La nueva capital que el zar tenía en mente tenia que ser grandiosa. Como no había la suficiente tierra, los pantanos fueron drenados, las ciénagas rellenadas y se construyeron diques para evitar las inundaciones del Neva. Miles de extranjeros buscando fortuna llegaron para aportar su experiencia, ingenieros y arquitectos diseñaron diques y vías fluviales. El sueño de Pedro estaba tomando forma y cada año traía miles de siervos para ocuparse de los trabajos más duros, mover fango y cavar zanjas. Las condiciones eran de lo más lamentables, mas de mil personas murieron en los cimientos de esta nueva ciudad, el premio para los sobrevivientes, la libertad y un pedazo de tierra. Tanta gente extranjera dio a la nueva ciudad una personalidad totalmente cosmopolita y moderna si la comparamos con el Moscu de la época. En 1712, el zar declaro oficialmente a San Petersburgo como la nueva capital de Rusia y para asegurarse de que la ciudad tendría la aristocracia que le correspondía, comenzó a “invitar” a los nobles a la nueva urbe o a atenerse a las consecuencias en caso contrario, aterrados con las iras del zar, comenzaron a llegar de mala gana al lugar.
Sobresaltado por el indeseable sonido de mi teléfono móvil, regreso de la apasionante lectura al mundo real, por un momento estaba allí, en la ciudad de Neva, recorriendo sus calles, contemplando las cúpulas de la Iglesia de la Sangre Derramada, la Catedral de San Pedro y Pablo o el increíble museo de Ermitage, ese que hace falta días para ver todas las maravillas que alberga en su interior. Recorriendo los puentes y los canales de la ciudad en las noches blancas. Todo es increíble en San Petersburgo, pero yo solo la veo en mi sensible imaginación, nunca estuve allí, auque tengo planes para ese lugar, pero de momento solo leo sobre la apasionante historia de la ciudad. Pero antes dejadme que apague el conector de mundos antagónicos, el móvil.
Anxo Rial.


