San Pedro de Rocas, tierra de monjes.
por Anxo Rial el 09/Marzo/2010. Clasificado en Fotos, Viajes
San Pedro de Rocas es un pequeño santuario, un templo casi mágico y oculto en un espacio compartido a partes iguales por “penedos” de infinitas y caprichosas formas y un denso bosque de pinos, castaños, abedules y robles.
Gemodus fue un caballero del siglo IX, en una ocasión estando de cacería con varios de sus comensales descubrían juntos este increíble paraje. Confundidas con la maleza se hallaban también unas ruinas del siglo VI, que atestiguaban la presencia humana en Rocas. Impresionados por el paraje y como si de una secreta comitiva se tratara, deciden retirarse a las cuevas ocultas entre la bravura del bosque y restaurar el recinto. A partir de ese momento cambiaría la vida de estos caballeros, dedicando su existencia a la meditación y la penitencia, olvidándose del mundo y entregando su espíritu al lugar. Que postura tan radical y difícil de entender en el mundo actual en que vivimos, donde todo necesita una explicación.
Lo primero que llama la atención a la hora de contemplar el conjunto de edificios que forman el santuario es su curioso campanario, allí inevitablemente se dirigen mis ojos. Este, situado al norte de los principales edificios, destaca por estar asentado sobre un impresionante “penedo”, una gran piedra de diecinueve metros de altura y con un tosco arco labrado en granito, todo tallado a mano y cincel.
El interior de la pequeña iglesia destaca por lo rudimentario y lo sencillo del recinto, un altar mozárabe y sepulcros con forma humana excavados en la misma roca forman parte de este misterioso y sombrío paisaje interior. Este edificio, es el más antiguo de los templos católicos conocidos y uno de los monumentos más importantes de la provincia de Ouresnse.
Pero no penséis que este lugar fue siempre así, a lo largo de la historia, como si de una plaga se tratase, diferentes incendios marcaron la evolución o la destrucción de San Pedro de Rocas, el más reciente y devastador acontecía en 1928, las llamas reducen el pequeño monasterio a un desolador estado. Con el conjunto monástico en ruinas, los feligreses tienen que refugiarse en la vecina Santa María de Esgos. Lamentablemente en la época se toma la decisión de no restaurar el recinto y se construye una nueva iglesia en la cercana parroquia de Quinta, hasta allí se trasladan las campanas del rústico campanario y San Pedro de Rocas, ya sin el lamento de sus campanas, entra paulatinamente en el silencio y el olvido. Es en la última parte del siglo XX cuando se presta de nuevo atención a este espacio que soporta cerca de mil quinientos años de historia y se afronta su restauración definitiva.
Conociendo un poco la historia de San Pedro de Rocas, el paseo por el lugar cobra nuevas perspectivas. De nuevo me dirijo al vetusto campanario, sin duda símbolo del monasterio, se especula como seguro constructor de este campanil al prior Gonzalo de Penalva a mediados del siglo XV. Por unas rusticas escaleras de piedra, subo hasta esta modesta atalaya que me obsequia con unas vistas increíbles de estos cultivos pétreos. Piedra y bosque forman un paisaje sin fisuras, armónico y denso.
Una vez en el suelo y por una calzada gastada por los años, la espesura del bosque se apodera de mi sombra. Antes de descender por la senda empedrada, hay un pequeño cementerio, un camposanto tapizado de musgo y hojarasca, que de alguna forma transmite al observador esos sentimientos de paz, olvido y dejadez. Más allá, a la sombra de una gran roca, la fresca fuente de San Benito, que en estas épocas expulsa agua sin control.
Sigo una senda que se adentra en un paraje totalmente arbolado, sorteando pequeños cauces de agua y curiosas formaciones rocosas de varios tamaños. También, a medida que el camino avanza, me contagio del ambiente rural de las pequeñas aldeas que viajan paralelas en el tiempo a la historia del monasterio, Cernada, Arcos, Esgos, diminutos núcleos habitados que fueron prosperando en torno al pequeño centro religioso y donde parece haberse detenido los años. Pináculos de oración, Petos de Animas, cruceiros, el camino rezuma historia pues comparte pasos con el cercano Camino Real.
El tiempo pasa y al final de este pequeño recorrido, el monasterio de San Pedro de Rocas vuelve a reaparecer entre el bosque, con su visión es posible acariciar aquellas lejanas sensaciones de paz y utopía, que seguramente sintió el caballero Gemodus, cuando descubrió este lugar. Tal vez el idealista caballero pensó que el tiempo se detendría sin llegar a traspasar los gruesos muros del cenobio, conservando el lugar intacto a los ojos del progreso. Es bueno tener ilusiones, este rincón conserva aún esas pequeñas dosis de paz y no sere yo el que levante la voz.
Anxo Rial.




Marzo 10th, 2010 on 8:50
ya estoy curiosa como sera la siguiente historia que nos contaras