Fotos
A Rapa Das Bestas.
por Anxo Rial el 06/Julio/2010. Clasificado en Fotos, Viajes
A medida que me acerco noto el rumor del gentío, me cuesta abrirme paso, cientos de personas se apelotonan en torno a un ancestral escenario, un cercado de toscas piedras acumuladas por la mano del hombre, una división que delimita el escenario de la escena.
Conozco el lugar, habitualmente esta desierto, sin presencia humana, pero hoy es diferente, a la gente hay que añadir la presencia de los pulpeiros y algún que otro puesto de cervezas. Hoy el calor, el sudor y mucho polvo forman parte de la fiesta, se que son los ingredientes indivisibles que debo condimentar para disfrutar de estos momentos que solo se repiten una vez al año. A Rapa das Bestas, forma parte de la historia de Galicia y son miles de personas las que cada verano se concentran en las montañas de Galicia en las muchas fiestas dedicadas al mundo del caballo salvaje.
Un ritual que se repite a lo largo de los años, tantos, que los celtas fueron los que comenzaron a documentar la importancia del caballo entre su cultura, hay numerosas pruebas de grabados en granito que atestiguan la vida cotidiana de la población y lo que en realidad era importante para ellos. Los petroglifos, como el de Viladesuso en la zona de A Gova o el de Sabucedo, ambos en Pontevedra, representan al caballo, bien en solitario o tirando de carros.
El curro comienza siempre reuniendo en manadas a los caballos salvajes, a menudo desperdigados por los montes cercanos al lugar del curro. Los caballos adultos y las nuevas crías son conducidos al recinto, semejando una escena del lejano oeste americano, ese escenario amurallado donde al final serán separados. Y es en ese momento cuado va a ser apartados, donde se concentran las mayores emociones de la fiesta. Me acomodo en lo alto de los muros que delimitan el escenario de lucha. De repente, rodeados por el polvo, los caballos desbocados entran en el recinto, primero con holgura, pero a medida que el número aumenta, los equinos luchan por su espacio, se hacen evidentes las disputas y la lucha por guardar el territorio, su espacio vital. Los caballos sudan, se revuelven, lanzan dentelladas al aire y saltan. Es cuando los “aloitadores” o los mozos del pueblo en un alarde de destreza, valentía y a veces sin sentido, saltan sobre los garañones en una enloquecida ceremonia, sujetan a los caballos por sus crines, inmovilizándolos, separándolos, bien a mano desnuda o con lazo. Es evidente que en todo el revoltijo de las diferentes bestias hay pisotones y patadas, algunos caen al suelo terroso, pero forma parte de la tradición.
La ceremonia finaliza con el marcaje a fuego de las nuevas reses, cortar sus melenas o posterior venta si hay un buen comprador. Los ejemplares que no vayan a ser aprovechados se vuelven a soltar al monte donde galoparan en libertad condicionada un año más, a la espera de que la historia se repita. Yo mientras, lo que necesito es un baño que mitigue mis sudores y desprenda la espesa capa de polvo acumulado en la contienda y eso que solo soy mero espectador.
Anxo Rial.
Justy.
por Anxo Rial el 29/Junio/2010. Clasificado en Fotos, Opinión
Justy salio de casa como cada mañana, ni contenta ni especialmente triste, solamente digamos que salio al exterior como un autómata, producto del sueño que tenía a esas horas tan tempranas, no había dormido demasiado bien, pero tampoco demasiado mal. A pesar que el día estaba totalmente despejado, con un resplandeciente cielo azul, de esos días que invitan a pensar que serán diferentes y hasta puede tocar la lotería, Justy no estaba ni bien ni mal.
Seguía cojeando, hace algunas semanas se había torcido un tobillo en la cocina de su casa, en un “inocente accidente domestico sin importancia”. Eso es lo que había dicho en su trabajo, pero en realidad todo sucedió mientras ensayaba un arriesgado paso de baile, una de sus grandes pasiones secretas. Justy estaba empezando a estar agobiada por ese dolor casi constante que el impedía hacer una vida normal y correr, por ejemplo, tras el autobús que acababa de perder, de verdad que ese pie lo pondría de palo a condición de poder hacer piruetas. A raíz de ese malestar comenzó a ver que lo que le rodeaba a diario empezaba a cansarle y lo que más le hastiaba era su trabajo, no porque fuera un mal trabajo, pero últimamente el ambiente no era de lo más divertido, además el no poder hablar de los problemas que le causaba le estaba provocando una extraña presión. Me olvidaba de deciros que Justy era una espía, no un 007, pero si una particular espía, que lo sabia todo de los habitantes de su ciudad y su país, trabajaba para el gobierno en extrañas operaciones para saberlo todo de los demás y ese era el motivo de su silencio sepulcral. Trabajaba pero nadie sabía exactamente en que, ni haciendo que y eso afectaba a su caracter.
Así que un día, después de recibir en su móvil de última generación, como corresponde a una espía, una fotografía del mar y un paisaje soleado de verano, decidió dar un giro a su vida, auque fuera en unas cortas vacaciones. No tenia nada que perder ni dar explicaciones, nadie la esperaba en casa después del trabajo y no penséis que era una chica poco atractiva, no, su problema es que a sus treinta y un años ningún chico le gustaba lo suficiente o tal vez no eran lo suficiente inteligentes para la inquietud de Justy. En su interior sabia que no le apetecía pasar los fines de semana ante la tele, a eso no estaba dispuesta. Ella quería alguien especial en su vida de espía, estaba dispuesta a esperar por su particular príncipe azul. Cuando llego a su casa después de su serie de largos en la piscina, se sentó ante el ordenador y se puso a buscar en la Net su próximo destino, tendria que ser un lugar bonito, con luz y especial. Cuando compro los billetes de avión para ese país con sol, suspiro aliviada, de inmediato supo que su vida iba a cambiar y tambien sus ahorros, pero en las próximas semanas desconectaria y estaba segura que a partir de ese momento ya nada estaría en medios tonos, el color volvería a pintar su vida, de momento sus intensos ojos azules brillaban a la luz de la pantalla, resplandecían de jubilo porque en mucho tiempo iba a hacer algo diferente y además se pondría muy morena.
Anxo Rial
El Cairo.
por Anxo Rial el 27/Junio/2010. Clasificado en Fotos, Viajes
Hace un calor de mil demonios cuando llego al Cairo. Demasiado calor para mi gusto, lo intento, pero hay algo dentro de mi cerebro que me impide estar a pleno rendimiento cuando hace tanto calor, como se dice ahora, no estoy operativo. De reojo veo uno de los termómetros callejeros que hay en este lugar, los 50º están al caer y yo también sin no encuentro rápidamente una sombra y algo de beber.
Poco a poco mi organismo se va adaptando a semejante calor, no me queda más remedio que acostúmbrame al polvo y el sol si quiero disfrutar de este lugar tan especial. En el Cairo todo es diferente, dicen los que visitan el lugar que, o te encanta o terminas por odiar esta ciudad y todo lo que hay en ella, bueno yo vengo con las mejores intenciones. El bullicio se respira en cada esquina, aquí hay casi veinticinco millones de habitantes, es la ciudad mas grande de África y se nota, no es precisamente una urbe silenciosa, todo el mundo que tiene coche hace sonar el claxon, avisando de su presencia, el trafico es un caos cósmico. Aquí todo se negocia, el regateo forma parte de la cultura nacional, no hacerlo es casi un insulto, no existe el tiempo tal y como nosotros lo conocemos y hay que tomarse con calma esas costumbres para no desentonar, así que me empleo a fondo en el arte del regateo con el taxista que me llevara a las pirámides, intento hacelo bien para no ser la comidilla entre sus colegas, como otro turista engañado inocentemente, se que no consigo el mejor precio, pero no doy mi brazo a torcer tan fácilmente.
Una vez en el desierto tengo que tomarme mi tiempo para trasladar las imágenes que siempre he visto en los libros y los documentales a la realidad. Estar aquí justo al lado de la Esfinge y delante de las pirámides es un momento especial, estas montañas de bloques gigantescos construidas por el hombre, hace más de 4.500 años siguen siendo únicas, irrepetibles y misteriosas, por eso son una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo. Mi tranquilidad y ensismamiento con el lugar dura poco, unos simpáticos personajes me invitan a recorrer los alrededores de las pirámides a lomos de sus camellos. Paso cortésmente de su invitación, pues lo que me cuentan las malas lenguas es que estos agradables beduinos llevan al incauto turista hasta las arenas ardientes para pedirle luego más dinero de lo acordado, la condición es pagar más o retornar andando al lugar de partida, una opción nada agradable bajo el implacable sol del desierto. Bueno, son las triquiñuelas de la necesidad. Tampoco me atrae la idea de visitar el interior de la única pirámide que permanece abierta al público, la larga cola de turistas y el sofocante calor de su interior merman mi entusiasmo, así que decido retornar a mi hotel y descansar antes de visitar el Museo de El Cairo. Desde 1863 el Museo ofrece todo un sin fin de antigüedades del mundo Egipcio, nada menos que cincuenta siglos están aqui representados. El museo es un poco caótico, bueno como el carácter de los egipcios, miles de piezas de incalculable valor histórico pululan por todas partes, de cualquier parte puede salir una momia, solo falta la arena del desierto en el suelo y unos cuantos escorpiones para dar más autenticidad al lugar. La sala mas visitada del museo, la Galería de Tutankamón es una autentica maravilla, es para reflexionar sobre lo poco que conocemos de esta antigua civilización. Aquí todo es un misterio si resolver y los interrogantes y las caras de asombro son la tonica entre los que estamos aquí.
Nueva jornada en el Cairo, y de nuevo regateo con el taxista para visitar el barrio Copto, estos aparecen como los primeros cristianos del siglo IV, el barrio se encuentra en la parte mas antigua de la ciudad, de calles estrechas, esquinas misteriosas y munumentos como la iglesia colgante. Ante mi van pasando los días, ya no recuerdo que el calor sea molesto, he traspasado el umbral de la incomodidad a sentirme cómodo ante tanta curiosidad, el Cairo me gusta. Poco a poco se van grabando en mi memoria el rostro de los vivos que habitan en las casas de los muertos, sus hogares estan en el interior de las necrópolis del Cementerio Norte, las mezquitas del Sultan Hassan o la de Mohamed Ali, contruida en alabastro como una copia de Santa Sofia en Estanbul, el bullicio agobiante del mercado de Jan al Jalili o el olor de la calle de las especies, todo eso es el Cairo. Solo me falta algo fundamental al visitar Egipto, ese paseo por el Nilo, el río que marca la vida en este lugar y hacerlo en Felucca, esa embarcación tradicional a vela. En el Nilo esta la esencia de este lugar, aquí nace la tranquilidad perdida en el corazón bullicioso del Cairo. El atardecer es rojo, intenso y relajante, un presagio de otro caluroso día, pero eso sucederá mañana, muy lejos todavía en mis planes.
Anxo Rial.
Ni Un Castillo en Pie.
por Anxo Rial el 26/Junio/2010. Clasificado en Fotos, Viajes
Estoy aquí, sentado contemplando las piedras cubiertas de musgo, viendo las ruinas de lo que en otros tiempos fue un castillo, intentado imaginar cuales serian las furias que consiguieron que la magnifica arquitectura de esta construcción sea hoy un amasijo de piedras, un puzle de piezas talladas por el tiempo.
Aquí en Galicia, en las lejanas épocas del medievo una revuelta perfectamente organizada, asaltó y derribo la mayoría de las fortalezas que poblaban el país. Una revuelta que de alguna forma, quería demostrar el descontento del pueblo hacia los abusos que la clase pudiente prodigaba a sus vasallos. Los motivos, bueno, tal vez la prepotencia de saberse un amo y los duros años de epidemias y malas cosechas, que obligo a los nobles a exigir más rentas a una población hambrienta y ya por entonces muy necesitada. Salían de sus castillos, arrasaban con los graneros llevándose las cosechas a sus moradas, violaban a las mujeres y ahorcaban a los hombres. En el año 1431, en tierras del señor Andrade, puede decirse que germinaba la primera semilla de lo que serian los Irmandiños, en parte como respuesta a los rudos y crueles modos del caballero Andrade hacia sus subordinados, a los que maltrataba de forma considerable.
La revuelta destruyo el castillo de los Andrade y comenzó a extenderse el malestar por el norte de Galicia, desde Pontedeume a Mondoñedo, pero eso solo era el principio de una gran revolución, posiblemente la mayor sublevación de todo el siglo XV en Europa. Fue ese sentimiento de agravio continuado el que motivo el levantamiento y la destrucción de los refugios de los nobles, los castillos. A principios de 1467 la hermandad estaba ya perfectamente organizada y estructurada, en la primavera de ese año llego la revuelta general contra el acoso señorial. Se cifraron en ochenta mil hombres, los que comenzaron a recorrer las comarcas armados con trabucos, bombardas y todo tipo de armas, con la intención de poner fin a las fortalezas de los nobles. Pero no penséis que los Irmandiños eran solo campesinos armados con instrumentos agrícolas, en la organización había personas relevantes, caballeros e hidalgos, contaban con armeros, experiencia militar y claro, respaldados por intereses políticos. Imparables en sus objetivos, el 25 de abril 1467 y con la sorpresa como su baza principal, atacaron y arrasaron el Castillo Ramilo en los aledaños de Ourense, a la victoria del ataque hay que unir la falta de apoyo por parte de los vasallos del castillo a sus propios amos, que hicieron la vista gorda ante el asedio, facilitando bastante las cosas a los Irmandiños.Los nobles, viendo la magnitud y el poder de la hermandad, algunos decidieron abandonar Galicia, buscando refugio en tierras de Castilla o Portugal, otros fueron interceptados en su huida por las fuerzas de la Condesa de Ribadavia y encarcelados durante años. En poco tiempo los Irmandiños arrasaron con 169 fortalezas, sin contar las que se le entregaron voluntariamente.
Pero como la condición humana es destructiva, en 1469 comenzaron las diferencias entre los diferentes dirigentes de la hermandad, debilitando la unión y acentuando la confrontación entre ellos. Además dos acontecimientos marcaron el principio del fin, la muerte del infante Alfonso y la reconciliación de Henrique IV con la nobleza opositora, traicionando a la comunidad Irmandiña, a la que le había dado su apoyo hasta ese momento. Esta situación de incertidumbre y desconcierto acentúo la preparación del retorno de los nobles exiliados a sus antiguas tierras, buscando apoyos en Portugal. En ese mismo año, a comienzos de verano un ejército de lanceros traspaso las fronteras de Portugal y en una cruel batalla derrotaba a diez mil Irmandiños, en Julio la ciudad de Santiago de Compostela se vio obligada a abrir las puertas al arzobispo. Poco a poco, los nobles retornaron de nuevo a Galicia, a sus posesiones y todo el sueño Irmandiño fue diluyéndose en el tiempo, en parte gracias al apoyo de los Reyes Católicos que querían pacificar el Reino de Galicia, para claro está, sus propios intereses. Ahora, con el paso del tiempo, los esqueletos de los castillos hablan de esas batallas, de las luchas por los dominios y deberíamos reflexionar al contemplarlos, pues todo apunta a que esta sociedad tal vez debiera ir irremediablemente hacia una nueva revuelta Irmandiña, lo estamos pidiendo a gritos.
Anxo Rial.
Camino Inca.
por Anxo Rial el 23/Mayo/2010. Clasificado en Fotos, Montaña, Viajes
Estoy lleno de polvo y tengo calor. Por si fuera poco, me duele la espalda, la tengo dolorida de estar tanto tiempo colgado del arnés, con el taladro y todos los aparejos que utilizo para abrir nuevas vías de escalada. Pero esta nueva ruta esta terminada, lista para subir y va a ser dura. Ahora toca descansar, una naranja es ahora mismo mi mayor recompensa, esta fresquita y sabe a gloria.
Me refugio a la sombra de la roca, hace calor aquí en León a pesar de estar a finales de mayo. Mientras me escondo del sol contemplo esta nueva hilera de chapas brillantes. Si ya se que solo es una piedra, pero para mi, que me gusta leer la roca, significa algo más, aúna esfuerzo e ilusión y ahora solo falta ponerle un nombre, bautizarla y creedme, a veces las musas no me asisten para tal simple ejercicio. Aquí tras la gran roca, se esta bien, mis pensamientos deambulan por las cumbres cercanas y relajado pienso en lo alejado que estaba de este lugar hace solo unas semanas, cuando, también con el sol sobre mi cabeza comenzaba el trekking que en cuatro jornadas me llevaría al Machu Picchu, en Perú.
Los Incas construyeron una elaborada red de rutas y caminos a lo largo de más de cuatro mil kilómetros para controlar su imperio, hasta que los españoles, dirigidos por Francisco Pizarro derrotaron en 1533 las últimas resistencias de esta civilización. Ahora estoy aquí, en Perú, dispuesto a conocer un poco más los misterios de los Incas. Sí, el sol aprieta cuando comienzo a caminar a la orilla del río Urubamba, por delante me esperan tan solo cuarenta y ocho kilómetros hasta mi destino final, pero esta ruta es un constante curva de nivel, una sierra de constantes subidas y bajadas, una prueba para las piernas y la resistencia, además en ese lugar la altitud y la falta de aire es traicionera con el organismo, hay que tomárselo con calma y aclimatar si no quiero tener problemas. Poco a poco gano altura y la estela plateada del río va quedando reducida a un simple trazo en el fondo del valle. A media tarde llego al primer campamento Wayllabamba. Al llegar los sherpa tienen la tienda lista y el té caliente, un autentico lujo para el lugar en donde me encuentro. Bueno, no estoy acostumbrado a que nadie lleve parte de mi mochila, pero aquí es obligatorio la contratación de porteadores y guía, el Camino Inca es transitado por miles de personas al año, los controles son rigurosos y el cupo de caminantes diario también. Esta es una manera de industria para los porteadores locales, una dura y pesada forma de sobrevivir en este país.
La segunda etapa, comienza después de un estupendo desayuno. La parte negativa la ponen los papeleos y la burocracia de los funcionarios que se estorban en los controles. Pero, afortunadamente cuando uno esta arropado por este escenario, cualquier contratiempo se diluye rápidamente en la memoria, de nuevo me entrego a las maravillas del camino, que ganando altura de forma precipitada zigzaguea entre la vegetación, robándome el aliento a cada paso. Esta es la etapa mas dura del camino, una larga cuesta de 1.200 metros de desnivel que me deposita en los 4.200 metros del monte Warmiwañuscca. Necesito, parar, no solo para retomar aire, sino, para contemplar el camino que acabo de dejar atrás, el paisaje y la nieve, pues el paso esta nevado. Los porteadores, casi descalzos, caminan cargados sobre el frío manto blanco, veo mis pies y me siento incomodo, casi culpable por tener unas buenas botas. Es hora de continuar, me espera una larga y penosa bajada sobre prehistóricos escalones desiguales, que destrozan las rodillas hasta el próximo campamento, Pacaymayo esta en el fondo del valle, al lado de un pequeño arroyo. Los últimos rayos de sol tiñen las cumbres más altas, el día se termina y caigo rendido por el cansancio y la altitud, tan solo distingo entre sueños que llueve, lo que apacigua aun más mi espíritu.
A medida que avanzo el camino cambia de pavimento, de la tierra a las piedras y escalones escrupulosamente asentados, de la densa vegetación y la niebla del bosque nublado, a las vistas de los brillantes glaciares de Nevada Verónica y todo salpicado de antiguos asentamientos incas que acentúan todavía más el misterio de esta civilización. Ahora estoy en uno de los campamentos más privilegiados de todo el camino, en Wiñaywayna, las vistas de los nevados son espectaculares, el lugar es tan escarpado, que parece que estoy en un verdadero balcón. Pero no puedo quedarme, el guía dice que es mejor continuar, ganaremos tiempo para la etapa del día siguiente, lastima, amanecer aquí debe ser mágico.
La ultima jornada, me despiertan temprano, las tres de la madrugada son horas inciertas para mi, horas en las que dudo que los caminos estén puestos. Pero, es la hora justa, la planeada llegar a Intipunku, la Puerta del Sol. Camino varias horas en la oscuridad por un camino incierto, solo alumbrado por la luz de mi frontal, hasta un último tramo de empinadísimos escalones. Al final de la escalinata se encuentra la rectangular Puerta del Sol, desde este lugar asisto a un espectáculo único, irrepetible. La bruma se disipa, las montañas enseñan sus cumbres y la ciudad perdida de Machu Pichu recibe los primeros rayos de sol. Me resulta difícil moverme, aquí me paso largo rato, contemplando el amanecer, los cambios de color y pensando que sentiría el arqueólogo americano Hiram Bingham, cuando en 1911 descubrió este lugar, creyendo que había encontrado Vilcabamba, la ciudad de la resistencia, donde los Incas plantaron cara a los españoles.
Solo me queda descender lentamente desde aquí hasta el corazón de la cuidad. Me pierdo entre los asentamientos de muros incomprensiblemente ajustados, donde no entra un alfiler entre sus piedras. Prefiero no buscar explicaciones a cosas incomprensibles para mí, me dejo llevar a través de sus pasadizos, sus altares, o el poste “donde se amarra el sol”. Todavía estoy dispuesto a un último esfuerzo, desde el cerro Huayna Picchu hay unas vistas excelentes de Machu Picchu, veo la ciudad inca desde las alturas, la observo con parsimonia, sin prisa, grabándola en el baúl de los recuerdos para recuperar más adelante estas vivencias, presiento que tardare en volver a este lugar. Un ultimo vistazo, antes de descender por una polvorienta pista a Aguas Calientes, el poblado donde la especulación ha dado al traste con la magia del lugar y lo único bonito que queda es su nombre. Desde este núcleo turístico, tomo un tren a Cuzco, un tren de los de antes, incomodo y lento, pero mágico, fantástico y diferente.
Esta noche dormiré bien, soñando todavía con Perú, con las montañas, la niebla y la selva, mañana escribiré el nombre a la nueva ruta de escalada, será mi “Camino Inca”.
Anxo Rial.
El Bosque.
por Anxo Rial el 02/Abril/2010. Clasificado en Fotos, Montaña
Me adentro en el hayedo a través del pequeño puente de madera que cruza el río, tras mis pasos el desfiladero y los prados verdes, me doy la vuelta para echar un último vistazo. Ante mí, las pequeñas y artesanales traviesas de madera tapizan el suelo del puente, que me permiten adentrarme en la magia del bosque.

Puente de Madera.
Es tarde ya, el día esta dando sus últimos suspiros, a pesar de que es primavera y los días han crecido, hoy el tiempo no acompaña, al rato sale el sol o nieva de forma precipitada, el invierno mantiene una batalla por ceder el paso al la nueva estación. El cielo se ha vuelto a cubrir y aquí, a un paso de la espesura del bosque, la luz ya no es muy abundante. No me importa, conozco el lugar y se que al final del hayedo, me espera el angosto desfiladero y el espectacular salto de agua. Este bosque es uno de los mejor conservados del territorio nacional, El Hayedo de Ciñera, se ha llevado un premio al “Bosque mejor Cuidado”, todo un merito con los tiempos que corren y con la amenaza de instalar las torretas para un gran tendido eléctrico justo en este lugar. Bueno, lo de siempre las sinrazones, el dinero y la política.
De momento me olvido de todo eso y me dispongo a disfrutar. Nada mas cruzar el puente, las hadas del “faedo” hacen que me olvide de que el mundo precipitado y moderno esta al otro lado, no existe el ruido y solo el murmullo del agua marca el compás de los sonidos. La senda acompaña a este pequeño caudal de agua, las hayas cada vez son mas grandes y retorcidas, casi atormentadas, estas se pierden a través de la ladera, escalando la pendiente. De pronto ante mi, uno de los ejemplares mas grandes del bosque, 500 años contemplan a este ejemplar de haya. Me siento un rato a contemplar semejante portento de árbol, todo su tronco esta cubierto de musgo, como amigos inseparables. Me imagino cuantas historias en el bosque habrá contemplado este haya gigante, impasible, sólo sobreviviendo, viendo la vida pasar.
Vuelvo a la realidad con la caída de los primeros copos de nieve, está comenzando a nevar dentro del bosque, haciéndolo todavía mas bonito y misterioso. Me pongo en marcha, debo apresurarme si quiero llegar a la cascada y regresar antes de que anochezca. Por fin estoy aquí, en el salto de agua, muy diferente a la última vez que visite el lugar, ahora y después de este largo y húmedo invierno, todo rebosa humedad. El desfiladero comprime esta gran cantidad de agua, la estruja, la empuja contra las estrechas paredes calizas hasta dar forma un gran rugido. No puedo continuar, todo esta mojado y peligroso, el camino gana altura, nieva más todavía y todo resbala. Tengo que retroceder por el camino andado pues la verdad no me hace mucha ilusión caerme a este río helado, embravecido y casi enfadado.
De nuevo estoy en el interior de hayedo, las cosas han cambiado, la falta de luz difumina el bosque, las ramas retorcidas y torturadas de los árboles ponen en marcha la maquinaria, esa que todos llevamos dentro y que nos retrotraen a historias de la niñez, a las fabulas de boques misteriosos y personajes que en ellos habitan. Se que no hay peligro, el bosque me protege, pero seria fácil dejarse llevar por las sombras, los sonidos y esa sensación de que algo controla nuestros pasos, nos vigila y siempre se esconde a tiempo cuado echamos una rápida visual sobre lo andado. Bueno, de nuevo ante el puente de madera, al otro lado los prados a mi espalda el bosque, sin detenerme miro de reojo la oscuridad de las hayas, las sombras del bosque, las hadas buenas me saludan. Es de noche, mejor apresurar el paso.
Anxo Rial
Nueva Zelanda (II)
por Anxo Rial el 26/Marzo/2010. Clasificado en Fotos, Viajes
Es de noche cuando diviso las primeras luces de Picton, el primer lugar de tierra firme de la Isla Sur. Es probable que los neozelandeses Split Enz se inspiraran en una travesía a través del estrecho de Cook para hacer su canción “six months in a leaky boat”. Cruzar el estrecho no lleva más de unas cuantas horas en el ferry, pero a mí me parecieron meses de agitada travesía. No soy un lobo de mar.
Por fin tierra firme, no veo nada entre tanta oscuridad, pero hay miles de estrellas sobre mi cabeza, seguro que mañana hará un buen día. Despierto entre un campo de viñedos, en la región de Nelson, el día de momento amanece estupendo, pero en el horizonte unas nubes amenazantes y negras indican que no estamos en verano, aquí en Nueva Zelanda es septiembre, por lo tanto, finales de invierno en esta parte del mundo, puede llover o nevar en cualquier momento. Después de tomar una estupendo desayuno a base de un aguado cafe y unas enormes muffis, me pongo rumbo a la costa, mi próximo destino son las increíbles playas del Abel Tasman National Park. Aquí el paseo que recorre el bosque es de los más apreciados del país, pero dentro de parque hay muchas más alternativas para el ocio. A pesar de ser un centro con muchas visitas, todo esta increiblemente limpio y cuidado.
A medida que voy devorando kilómetros me doy cuenta que estaba equivocado pensando que la isla norte era espectacular. Esto es mucho más bonito !!. La diversidad de paisajes es abrumadora y es dificil para mi no detenerme en cada recodo de la carretera. En poca distancia paso de playas salvajes a ensenadas cubiertas de bosques tropicales, combino lagos de todos los tamaños a tramos de costa abrupta y bravía y cómo telón de fondo las cumbres nevadas de los Alpes Meridionales. Cuando llego a Punakaiki una suave lluvia me acompaña, la nube negra me a localizado y me persigue, espero que se aburra de este pobre extranjero y se dedique a mojar objetivos más interesantes. Aquí en Dolomite Point, la naturaleza ha trabajado miles de años para dar forma a unos acantilados calizos de extrañas proporciones. Cuando sube la marea, las cuevas subterráneas se convierten en respiraderos que expulsan en agua del mar a gran presión, por un momento y ante el espectaculo me imagino grandes ballenas pétreas respirando al unisono. Toda esta parte de la costa, con el Mar de Tasmania como telón de fondo es muy agreste, las playas están llenas de enormes troncos clavados en la arena por la fuerza de las olas, es dificil plantearse un baño aquí, el mar asusta y me hace sentir insignificante ante tanto poder. El día, entre tantas emociones, paso volando, por otra parte suele ocurrir este curioso fenomeno cuando uno esta de vacaciones. Como la carretera va literalmente pegada a costa, aparco la camper al borde de la playa, en el primer lugar habilitado para ello, sin peligro, se que en este país nadie me va a molestar, circular en autocarabana en Nueva Zelanda es como tener una Harley en estados unidos, todo un culto a una forma de vida. Preparo la cena y me voy a dormir.
Despierto con un escalofrio, ha nevado durante la noche, a mi espalda tengo las cumbres nevadas de los Alpes, frente a mí, la playa completamente llena de nieve y las olas con su vaivén levantan vapor de esa fusión de temperaturas, el sol da la pincelada que falta al espectaculo y difícilmente se puede contemplar algo más maravilloso a estas horas de la mañana. Me levanto eléctrico, como un niño, dispuesto a hacer miles de fotos, a capturarlo todo en mi retina. Desde la playa, la carretera serpentea entre lagos de diferentes tamaños, bosques y playas desiertas, un zig-zag constante de paisajes cambiantes, diferentes, así hasta llegar a uno de los asentamietos humanos más turísticos de esta zona de la costa, el pueblo de Fox.
Desde este punto y en un corto paseo me pongo a los pies del glaciar Franz Josef, casi se puede oler el mar desde los pies del glaciar, lo que resulta inaudito para un europeo, en la vieja europa, los glaciares suelen estar adentrados en lo más profundo de las montañas. Desde el pueblo de Fox organizan excursiones a la base del monte Cook o te llevan en avioneta al glaciar superior, en lo que ellos llaman “vuelos escénicos”, todo fácil, sin complicaciones, al servicio del viajero. La carrera abandona la costa, comineza a ganar altura hasta cruzar el Haast Pass, para llegar al Lago Wanaka. Después de comer al lado del lago y tomar un respiro, la estrecha carretera va encadenando lago tras lago, cada cual más espectacular que el anterior, como si compitiesen entre ellos por la belleza. Las cumbres nevadas y el intenso azul del cielo se reflejan en el agua turquesa, es difícil describir el espectáculo sin perderse en emociones, mejor será plasmarlo en una foto y el resto dejarlo a la imaginación. Atardece cuando llego a la ciudad de Queenstown y me siento un poco triste, otro dia se me escapa y cuando uno se encuentra en estos lugares, la verdad, seria deseable que algún dios superior alargase las jornadas al doble, como minimo. Esta pequeña localidad de casas bajitas llamada Queenstown es la capital de la aventura de Nueva Zelanda, desde la década de los 70, ha ido evolucionando para convertirse en centro turístico internacional, todo lo imaginable en el mudo de la aventura esta aquí, rafting, bici de montaña, sky, puenting, escalada, ala delta, parapente…solo hay que elegir, pero también, si no te va el deporte, puedes tomarte un estupendo cappuccino en una de las terrazas con vistas al lago Wakatipu o recorrer las muchas tiendas que hay en el pueblo. De momento me quedo disfrutando del cappuccino, aquí los preparan como en ningún otro lugar del planeta y esperare a mañana para elegir mi deporte.
Anxo Rial
Nueva Zelanda (I)
por Anxo Rial el 19/Marzo/2010. Clasificado en Fotos, Viajes
Cuando el avión hace tierra, ya me había olvidado de que esta existía, después de 26 horas de vuelo, el mundo se reduce a una cabina de avión, unas cuantas guapas azafatas, gente nerviosa, niños llorando y nubes que impiden ver lo lejos que estoy de nuestro medio natural.
Pero afortunadamente ya estoy en el aeropuerto de Auckland, Nueva Zelanda. Un aeródromo pequeño, acogedor y moderno. En el exterior me aguarda la que será mi casa en las próximas semanas, una enorme autocarabana, con el volante a la derecha, empezamos bien. Me dicen que es normal, aquí conducen como los británicos, por la derecha, esto se pone interesante. Tengo que conducir concentrado, las marchas entran con la izquierda y las rotondas tienden a hacerme la vida imposible, pero los neozelandeses son extremadamente amables al volante y lo perdonan casi todo, nadie me atosica con el claxón. Auckland es un lugar ideal para disfrutar de la vida urbana, la gente conbina sus horarios comerciales con el deporte y el ocio, es una ciudad comoda y abierta al mar, como Vigo, pero sin edificios que impidan ver el mar, no sé si pilláis la ironía.
Bueno, resumiendo, Auckland es una maravilla, así que lo mejor es dar una vuelta por el centro y ver como es esta ciudad desde el interior. Uno de cada tres neozelandeses vive en esta urbe o en sus aledaños y la verdad no me extraña, yo también lo haría. La mezcla de habitantes europeos, maoríes, polinesios y asiáticos, dan a la ciudad una diversidad cultural y cosmopolita que ya quisieran para sí muchas ciudades europeas. Ya que estoy en el kilometro “0” lo mejor es subir a los 328 metros de la Sky Tower, desde su restaurante giratorio las vistas son espectaculares y este punto de vista no tiene competencia en toda la ciudad. Disfruto de un café, mientras la mirada se pierde en el horizonte, entre colinas verdes, casitas de madera y veleros, hay muchos. Auckland tiene la reputación de ser la ciudad con el mayor número de barcos de recreo del mundo.
Pierdo todo el día entre las calles de esta tranquila ciudad y me doy cuenta que es una buena manera de “malgastar” mi tiempo. Después de una cena en uno de los muchos restaurantes italianos y con el tráfico más calmado, me echo de nuevo a la carretera con este mounstro de cuatro ruedas, poco a poco lo voy dominando. De momento me dirijo hacia las grandes llanuras verdes de la isla norte siguiendo la nacional 5, aqui las carreteras son estrechas, normalmente sin arcén y si algún dia existio, este fue devorado por el verde del musgo. Mi próximo destino es Rotorua, la ciudad maorí por excelencia, pero eso lo veré mañana.
Despierto a las orillas del Lago Rotorua, la bruma se evapora con los primeros rayos de sol. No doy crédito al espectáculo, esto es increíblemente bonito. Pero lo más reconfortante es que nadie presiona al viajero, la tranquilidad es absoluta, casi irreal para mí, un turista europeo. En Europa, casi siempre tenemos prisa para todo, todo lo contrario de Nueva Zelanda, donde todo es equilibrado y pausado. Rotorua es el centro termal de la isla norte y uno de los destinos turísticos más populares. Aquí hay todo tipo de piscinas, aguas minerales y tratamientos para los amantes de los balnearios. No me voy sin visitar Waiotapu Thermal Wonderlandl la más famosa es la humeante piscina champan, pero esta es una tierra de geisers, ciénagas de hirviente lodo y pozos de ácidos donde es mejor no caerse.
Continúo mi recorrido extasiado por el paisaje, la diversidad de contrastes y maldiciendo entre dientes el lugar donde vivo todos los días, bueno, mis pensamientos van dirigidos a los pésimos políticos que nos gobiernan, por no hacer de la maravillosa ría de Vigo un “Auckland a la Gallega”. Taupo es uno de los Lagos más grandes de Nueva Zelanda, enorme como un mar interior, donde no es posible distinguir sus orillas. Aquí, paseando al borde del agua una bandada de patos se acerca volando hasta donde yo estoy, sin temor me rodean y al poco rato, reeprenden de nuevo el vuelo. En la misma dirección de mi viaje encuentro el Tongariro National Park. Una vez aquí lo mejor es siempre visitar el centro de información, -en cada rincón del país hay uno-, éstos son auténticos salones enmoquetados, el de Tongariro tiene todo tipo de información sobre los senderos que permiten ver de cerca los volcanes o cualquier rincón del parque, exposiciones, lugares para el ocio o viajes expres para los más despistados. Tomando como referencia el Mar de Tasmania, voy recorriendo la isla, bajando hacia la localidad de Wellington. Colinas onduladas, prados tapizados de verde, montañas, granjas aisladas, ovejas, caballos y pequeñas poblaciones son las señas de esta parte del país, un paisaje cambiante con cada curva de la carretera.
Wellington es la capital de Nueva Zelanda y el extremo sur de la isla norte, aquí llegaron los colonos europeos a mediados del siglo XIX y hasta ese momento gigantes árboles milenarios cubrían estas tierras. Entre las décadas de 1870 y 1910, toda la zona se convirtió en la base del mayor proyecto de deforestación de país. Hoy, el paisaje es bien distinto, las casas de madera pueblan las laderas que caen al mar y la ciudad resulta tranquila y encantadora. Desde la colina donde se encuentra el jardín botánico, asentado en un antiguo cementerio, hay unas excelentes vistas de la ciudad y entre sus curiosos edificios esta la construcción de madera más grande del hemisferio sur, un inmueble llamado Old Government Buildings, hoy universidad de derecho. La verdad me cuesta creer que este edificio sea todo de madera, lo tengo que tocar para cerciorarme de que es así. Sin duda una verdadera obra de arte.
Llega el momento de continuar mi viaje, ahora en barco, el ferry me cruzara por el embravecido Estrecho de Cook a la otra pare de este país, la Isla Sur, así que nos vemos en el otro lado.
Anxo Rial.
San Pedro de Rocas, tierra de monjes.
por Anxo Rial el 09/Marzo/2010. Clasificado en Fotos, Viajes
San Pedro de Rocas es un pequeño santuario, un templo casi mágico y oculto en un espacio compartido a partes iguales por “penedos” de infinitas y caprichosas formas y un denso bosque de pinos, castaños, abedules y robles.
Gemodus fue un caballero del siglo IX, en una ocasión estando de cacería con varios de sus comensales descubrían juntos este increíble paraje. Confundidas con la maleza se hallaban también unas ruinas del siglo VI, que atestiguaban la presencia humana en Rocas. Impresionados por el paraje y como si de una secreta comitiva se tratara, deciden retirarse a las cuevas ocultas entre la bravura del bosque y restaurar el recinto. A partir de ese momento cambiaría la vida de estos caballeros, dedicando su existencia a la meditación y la penitencia, olvidándose del mundo y entregando su espíritu al lugar. Que postura tan radical y difícil de entender en el mundo actual en que vivimos, donde todo necesita una explicación.
Lo primero que llama la atención a la hora de contemplar el conjunto de edificios que forman el santuario es su curioso campanario, allí inevitablemente se dirigen mis ojos. Este, situado al norte de los principales edificios, destaca por estar asentado sobre un impresionante “penedo”, una gran piedra de diecinueve metros de altura y con un tosco arco labrado en granito, todo tallado a mano y cincel.
El interior de la pequeña iglesia destaca por lo rudimentario y lo sencillo del recinto, un altar mozárabe y sepulcros con forma humana excavados en la misma roca forman parte de este misterioso y sombrío paisaje interior. Este edificio, es el más antiguo de los templos católicos conocidos y uno de los monumentos más importantes de la provincia de Ouresnse.
Pero no penséis que este lugar fue siempre así, a lo largo de la historia, como si de una plaga se tratase, diferentes incendios marcaron la evolución o la destrucción de San Pedro de Rocas, el más reciente y devastador acontecía en 1928, las llamas reducen el pequeño monasterio a un desolador estado. Con el conjunto monástico en ruinas, los feligreses tienen que refugiarse en la vecina Santa María de Esgos. Lamentablemente en la época se toma la decisión de no restaurar el recinto y se construye una nueva iglesia en la cercana parroquia de Quinta, hasta allí se trasladan las campanas del rústico campanario y San Pedro de Rocas, ya sin el lamento de sus campanas, entra paulatinamente en el silencio y el olvido. Es en la última parte del siglo XX cuando se presta de nuevo atención a este espacio que soporta cerca de mil quinientos años de historia y se afronta su restauración definitiva.
Conociendo un poco la historia de San Pedro de Rocas, el paseo por el lugar cobra nuevas perspectivas. De nuevo me dirijo al vetusto campanario, sin duda símbolo del monasterio, se especula como seguro constructor de este campanil al prior Gonzalo de Penalva a mediados del siglo XV. Por unas rusticas escaleras de piedra, subo hasta esta modesta atalaya que me obsequia con unas vistas increíbles de estos cultivos pétreos. Piedra y bosque forman un paisaje sin fisuras, armónico y denso.
Una vez en el suelo y por una calzada gastada por los años, la espesura del bosque se apodera de mi sombra. Antes de descender por la senda empedrada, hay un pequeño cementerio, un camposanto tapizado de musgo y hojarasca, que de alguna forma transmite al observador esos sentimientos de paz, olvido y dejadez. Más allá, a la sombra de una gran roca, la fresca fuente de San Benito, que en estas épocas expulsa agua sin control.
Sigo una senda que se adentra en un paraje totalmente arbolado, sorteando pequeños cauces de agua y curiosas formaciones rocosas de varios tamaños. También, a medida que el camino avanza, me contagio del ambiente rural de las pequeñas aldeas que viajan paralelas en el tiempo a la historia del monasterio, Cernada, Arcos, Esgos, diminutos núcleos habitados que fueron prosperando en torno al pequeño centro religioso y donde parece haberse detenido los años. Pináculos de oración, Petos de Animas, cruceiros, el camino rezuma historia pues comparte pasos con el cercano Camino Real.
El tiempo pasa y al final de este pequeño recorrido, el monasterio de San Pedro de Rocas vuelve a reaparecer entre el bosque, con su visión es posible acariciar aquellas lejanas sensaciones de paz y utopía, que seguramente sintió el caballero Gemodus, cuando descubrió este lugar. Tal vez el idealista caballero pensó que el tiempo se detendría sin llegar a traspasar los gruesos muros del cenobio, conservando el lugar intacto a los ojos del progreso. Es bueno tener ilusiones, este rincón conserva aún esas pequeñas dosis de paz y no sere yo el que levante la voz.
Anxo Rial.
El coleccionista de musgo.
por Anxo Rial el 28/Febrero/2010. Clasificado en Fotos, Montaña
Llueve, últimamente solo llueve. A través de mi ventana, las gotas resbalan a borbotones, no es una lluvia romántica, sino torrencial, violenta y cansina. Hace mucho que llueve en el país de la lluvia, y los ánimos están ya en horas bajas. Los seres humanos necesitamos el sol, la luz y el calorcito.
Miro al cielo y solo veo nubes ennegrecidas, los partes meteorológicos tampoco dicen gran cosa, no veo mejoría y eso que cierro fuertemente los ojos, como cuando era niño y pensaba que con hacer ese gesto y desearlo mucho, mucho, los deseos se cumplían. Esta vez no. Como no quiero darle mas vueltas a este estado de humedad permanente, me voy. Salgo de casa y decido unirme a mi adversario, la lluvia. Me voy a visitar el que en su día fue el primer parque Natural de Galicia, el espacio natural del Monte Aloia ya fue creado en 1978, cuando este tipo de espacios no estaban de moda.
Este precioso enclave engloba varios montes paralelos a la costa gallega, es el punto más alto de la escarpada Sierra del Galiñeiro. Nace aquí la cabecera del río Louro, afluente del Miño. No es un monte muy alto, pero sus 629 mts. en la cumbre de San Xiao atrapan las nieblas que entran directamente del atlántico, creando un clima especialmente húmedo. He tenido suerte y el lugar está tal y como me lo había imaginado, el agua mana por cada poro del monte y una niebla densa me atrapa nada mas llegar. Un panorama ideal para dejar escapar de mi imaginación esas pequeñas fantasías. Las libero para que se mezclen con las sombras del bosque. Tal vez todas estas confabulaciones tengan mucho que ver con las leyendas de Galicia, pero en las proximidades de la ermita de San Xiao, no sería difícil, en otros tiempos y con estas mismas condiciones, avistar una comitiva de a Santa Compaña. Por cierto la vetusta capilla fue construida en 1713, sobre los restos de un antiguo templo románico. A través de la niebla y hacia la parte mas alta del monte se divisan varias cruces, es un vía crucis que culmina en le mirador de la gran Cruz, finalizado en 1910. En un día despejado, desde la gran Cruz es fácil divisar a vista de pájaro la monumental ciudad de Tui. Mas allá, y tras cruzar el río Miño y su estuario, las fronterizas tierras del vecino Portugal.
Cuando camino bajo el cobijo del gran haya, sus ramas me cuentas que este maravilloso paraje no seria posible, sin la constancia de un visionario, un hombre que su amor por los árboles llevo hace ya muchos años a convertir el yermo paisaje de este monte en un inmenso vivero forestal. Rafael Areses Vidal, puso en marcha en 1910 una repoblación masiva de varias especies, algunas importadas del lejano Japón, en principio para conmemorar un día especial del árbol en la ciudad de Tui.

Via Crucis
Hoy muchos años después ya casi nadie se acuerda de esos comienzos del parque, pero los dirigentes y coordinadores de este espacio natural, lo tienen todo previsto y recuerdan en la casa del guardabosques, a través de una exposición permanente, la historia, la flora y la fauna que encontramos por aquí. De verdad que la tosca casa del guardabosques merece una visita por su curiosa construcción.

Coleccionista de musgo
Poco a poco la falta de luz me indica que ya falta poco para el anochecer, yo disfruto del paseo entre la pertinaz lluvia, pero esta atmósfera tan etérea y misteriosa me reconforta. Los pequeños cauces van completamente rebosantes del agua, todo esta mojado y el musgo, verde e hinchado crece en todas las sombras del bosque. Ya no me preocupa habitar en el país de la lluvia, sin darme cuenta me he convertido en un coleccionista de musgo.
Anxo Rial.




































