Viajes
A Rapa Das Bestas.
por Anxo Rial el 06/Julio/2010. Clasificado en Fotos, Viajes
A medida que me acerco noto el rumor del gentío, me cuesta abrirme paso, cientos de personas se apelotonan en torno a un ancestral escenario, un cercado de toscas piedras acumuladas por la mano del hombre, una división que delimita el escenario de la escena.
Conozco el lugar, habitualmente esta desierto, sin presencia humana, pero hoy es diferente, a la gente hay que añadir la presencia de los pulpeiros y algún que otro puesto de cervezas. Hoy el calor, el sudor y mucho polvo forman parte de la fiesta, se que son los ingredientes indivisibles que debo condimentar para disfrutar de estos momentos que solo se repiten una vez al año. A Rapa das Bestas, forma parte de la historia de Galicia y son miles de personas las que cada verano se concentran en las montañas de Galicia en las muchas fiestas dedicadas al mundo del caballo salvaje.
Un ritual que se repite a lo largo de los años, tantos, que los celtas fueron los que comenzaron a documentar la importancia del caballo entre su cultura, hay numerosas pruebas de grabados en granito que atestiguan la vida cotidiana de la población y lo que en realidad era importante para ellos. Los petroglifos, como el de Viladesuso en la zona de A Gova o el de Sabucedo, ambos en Pontevedra, representan al caballo, bien en solitario o tirando de carros.
El curro comienza siempre reuniendo en manadas a los caballos salvajes, a menudo desperdigados por los montes cercanos al lugar del curro. Los caballos adultos y las nuevas crías son conducidos al recinto, semejando una escena del lejano oeste americano, ese escenario amurallado donde al final serán separados. Y es en ese momento cuado va a ser apartados, donde se concentran las mayores emociones de la fiesta. Me acomodo en lo alto de los muros que delimitan el escenario de lucha. De repente, rodeados por el polvo, los caballos desbocados entran en el recinto, primero con holgura, pero a medida que el número aumenta, los equinos luchan por su espacio, se hacen evidentes las disputas y la lucha por guardar el territorio, su espacio vital. Los caballos sudan, se revuelven, lanzan dentelladas al aire y saltan. Es cuando los “aloitadores” o los mozos del pueblo en un alarde de destreza, valentía y a veces sin sentido, saltan sobre los garañones en una enloquecida ceremonia, sujetan a los caballos por sus crines, inmovilizándolos, separándolos, bien a mano desnuda o con lazo. Es evidente que en todo el revoltijo de las diferentes bestias hay pisotones y patadas, algunos caen al suelo terroso, pero forma parte de la tradición.
La ceremonia finaliza con el marcaje a fuego de las nuevas reses, cortar sus melenas o posterior venta si hay un buen comprador. Los ejemplares que no vayan a ser aprovechados se vuelven a soltar al monte donde galoparan en libertad condicionada un año más, a la espera de que la historia se repita. Yo mientras, lo que necesito es un baño que mitigue mis sudores y desprenda la espesa capa de polvo acumulado en la contienda y eso que solo soy mero espectador.
Anxo Rial.
San Petersburgo.
por Anxo Rial el 30/Junio/2010. Clasificado en Viajes
Una lejana calida tarde de agosto de 1782, con una muchedumbre congregada a la orilla del río Neva, la emperatriz Catalina apareció ante los asistentes y dedico a San Petersburgo el “Jinete de Bronce”, la figura fundadora de la maravillosa ciudad.
Después de muchos años alojando zares, la ciudad de Moscu estaba sumida en un misterio y una desconfianza en la que el joven Pedro no parecía encajar. Pedro era hijo de un zar, padecía epilepsia pero aun así, era un tipo grande de casi dos metros, con aficiones militares y gran amante de los navíos. Pero la principal facultad de Pedro era su curiosidad, el ansia de saber, de escuchar a los mercaderes extranjeros. Eso le llevo a recorrer de incógnito el continente europeo, reuniéndose con monarcas y compartiendo conocimientos. Cuando regreso a Rusia, llego a la conclusión de que su país vivía en las tinieblas del progreso. Mas tarde, después de muchas disputas familiares y con diecisiete años, mando a su hermana a un convento y se autoproclamo zar de Rusia. Una empalizada de madera en la isla de Hares, se convirtió en el nacimiento de una nueva ciudad. En Junio de 1703, el zar dio nombre al lugar, Sankt Pieter Brukh, y la ciénaga comenzó a tomar forma. La nueva capital que el zar tenía en mente tenia que ser grandiosa. Como no había la suficiente tierra, los pantanos fueron drenados, las ciénagas rellenadas y se construyeron diques para evitar las inundaciones del Neva. Miles de extranjeros buscando fortuna llegaron para aportar su experiencia, ingenieros y arquitectos diseñaron diques y vías fluviales. El sueño de Pedro estaba tomando forma y cada año traía miles de siervos para ocuparse de los trabajos más duros, mover fango y cavar zanjas. Las condiciones eran de lo más lamentables, mas de mil personas murieron en los cimientos de esta nueva ciudad, el premio para los sobrevivientes, la libertad y un pedazo de tierra. Tanta gente extranjera dio a la nueva ciudad una personalidad totalmente cosmopolita y moderna si la comparamos con el Moscu de la época. En 1712, el zar declaro oficialmente a San Petersburgo como la nueva capital de Rusia y para asegurarse de que la ciudad tendría la aristocracia que le correspondía, comenzó a “invitar” a los nobles a la nueva urbe o a atenerse a las consecuencias en caso contrario, aterrados con las iras del zar, comenzaron a llegar de mala gana al lugar.
Sobresaltado por el indeseable sonido de mi teléfono móvil, regreso de la apasionante lectura al mundo real, por un momento estaba allí, en la ciudad de Neva, recorriendo sus calles, contemplando las cúpulas de la Iglesia de la Sangre Derramada, la Catedral de San Pedro y Pablo o el increíble museo de Ermitage, ese que hace falta días para ver todas las maravillas que alberga en su interior. Recorriendo los puentes y los canales de la ciudad en las noches blancas. Todo es increíble en San Petersburgo, pero yo solo la veo en mi sensible imaginación, nunca estuve allí, auque tengo planes para ese lugar, pero de momento solo leo sobre la apasionante historia de la ciudad. Pero antes dejadme que apague el conector de mundos antagónicos, el móvil.
Anxo Rial.
El Cairo.
por Anxo Rial el 27/Junio/2010. Clasificado en Fotos, Viajes
Hace un calor de mil demonios cuando llego al Cairo. Demasiado calor para mi gusto, lo intento, pero hay algo dentro de mi cerebro que me impide estar a pleno rendimiento cuando hace tanto calor, como se dice ahora, no estoy operativo. De reojo veo uno de los termómetros callejeros que hay en este lugar, los 50º están al caer y yo también sin no encuentro rápidamente una sombra y algo de beber.
Poco a poco mi organismo se va adaptando a semejante calor, no me queda más remedio que acostúmbrame al polvo y el sol si quiero disfrutar de este lugar tan especial. En el Cairo todo es diferente, dicen los que visitan el lugar que, o te encanta o terminas por odiar esta ciudad y todo lo que hay en ella, bueno yo vengo con las mejores intenciones. El bullicio se respira en cada esquina, aquí hay casi veinticinco millones de habitantes, es la ciudad mas grande de África y se nota, no es precisamente una urbe silenciosa, todo el mundo que tiene coche hace sonar el claxon, avisando de su presencia, el trafico es un caos cósmico. Aquí todo se negocia, el regateo forma parte de la cultura nacional, no hacerlo es casi un insulto, no existe el tiempo tal y como nosotros lo conocemos y hay que tomarse con calma esas costumbres para no desentonar, así que me empleo a fondo en el arte del regateo con el taxista que me llevara a las pirámides, intento hacelo bien para no ser la comidilla entre sus colegas, como otro turista engañado inocentemente, se que no consigo el mejor precio, pero no doy mi brazo a torcer tan fácilmente.
Una vez en el desierto tengo que tomarme mi tiempo para trasladar las imágenes que siempre he visto en los libros y los documentales a la realidad. Estar aquí justo al lado de la Esfinge y delante de las pirámides es un momento especial, estas montañas de bloques gigantescos construidas por el hombre, hace más de 4.500 años siguen siendo únicas, irrepetibles y misteriosas, por eso son una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo. Mi tranquilidad y ensismamiento con el lugar dura poco, unos simpáticos personajes me invitan a recorrer los alrededores de las pirámides a lomos de sus camellos. Paso cortésmente de su invitación, pues lo que me cuentan las malas lenguas es que estos agradables beduinos llevan al incauto turista hasta las arenas ardientes para pedirle luego más dinero de lo acordado, la condición es pagar más o retornar andando al lugar de partida, una opción nada agradable bajo el implacable sol del desierto. Bueno, son las triquiñuelas de la necesidad. Tampoco me atrae la idea de visitar el interior de la única pirámide que permanece abierta al público, la larga cola de turistas y el sofocante calor de su interior merman mi entusiasmo, así que decido retornar a mi hotel y descansar antes de visitar el Museo de El Cairo. Desde 1863 el Museo ofrece todo un sin fin de antigüedades del mundo Egipcio, nada menos que cincuenta siglos están aqui representados. El museo es un poco caótico, bueno como el carácter de los egipcios, miles de piezas de incalculable valor histórico pululan por todas partes, de cualquier parte puede salir una momia, solo falta la arena del desierto en el suelo y unos cuantos escorpiones para dar más autenticidad al lugar. La sala mas visitada del museo, la Galería de Tutankamón es una autentica maravilla, es para reflexionar sobre lo poco que conocemos de esta antigua civilización. Aquí todo es un misterio si resolver y los interrogantes y las caras de asombro son la tonica entre los que estamos aquí.
Nueva jornada en el Cairo, y de nuevo regateo con el taxista para visitar el barrio Copto, estos aparecen como los primeros cristianos del siglo IV, el barrio se encuentra en la parte mas antigua de la ciudad, de calles estrechas, esquinas misteriosas y munumentos como la iglesia colgante. Ante mi van pasando los días, ya no recuerdo que el calor sea molesto, he traspasado el umbral de la incomodidad a sentirme cómodo ante tanta curiosidad, el Cairo me gusta. Poco a poco se van grabando en mi memoria el rostro de los vivos que habitan en las casas de los muertos, sus hogares estan en el interior de las necrópolis del Cementerio Norte, las mezquitas del Sultan Hassan o la de Mohamed Ali, contruida en alabastro como una copia de Santa Sofia en Estanbul, el bullicio agobiante del mercado de Jan al Jalili o el olor de la calle de las especies, todo eso es el Cairo. Solo me falta algo fundamental al visitar Egipto, ese paseo por el Nilo, el río que marca la vida en este lugar y hacerlo en Felucca, esa embarcación tradicional a vela. En el Nilo esta la esencia de este lugar, aquí nace la tranquilidad perdida en el corazón bullicioso del Cairo. El atardecer es rojo, intenso y relajante, un presagio de otro caluroso día, pero eso sucederá mañana, muy lejos todavía en mis planes.
Anxo Rial.
Ni Un Castillo en Pie.
por Anxo Rial el 26/Junio/2010. Clasificado en Fotos, Viajes
Estoy aquí, sentado contemplando las piedras cubiertas de musgo, viendo las ruinas de lo que en otros tiempos fue un castillo, intentado imaginar cuales serian las furias que consiguieron que la magnifica arquitectura de esta construcción sea hoy un amasijo de piedras, un puzle de piezas talladas por el tiempo.
Aquí en Galicia, en las lejanas épocas del medievo una revuelta perfectamente organizada, asaltó y derribo la mayoría de las fortalezas que poblaban el país. Una revuelta que de alguna forma, quería demostrar el descontento del pueblo hacia los abusos que la clase pudiente prodigaba a sus vasallos. Los motivos, bueno, tal vez la prepotencia de saberse un amo y los duros años de epidemias y malas cosechas, que obligo a los nobles a exigir más rentas a una población hambrienta y ya por entonces muy necesitada. Salían de sus castillos, arrasaban con los graneros llevándose las cosechas a sus moradas, violaban a las mujeres y ahorcaban a los hombres. En el año 1431, en tierras del señor Andrade, puede decirse que germinaba la primera semilla de lo que serian los Irmandiños, en parte como respuesta a los rudos y crueles modos del caballero Andrade hacia sus subordinados, a los que maltrataba de forma considerable.
La revuelta destruyo el castillo de los Andrade y comenzó a extenderse el malestar por el norte de Galicia, desde Pontedeume a Mondoñedo, pero eso solo era el principio de una gran revolución, posiblemente la mayor sublevación de todo el siglo XV en Europa. Fue ese sentimiento de agravio continuado el que motivo el levantamiento y la destrucción de los refugios de los nobles, los castillos. A principios de 1467 la hermandad estaba ya perfectamente organizada y estructurada, en la primavera de ese año llego la revuelta general contra el acoso señorial. Se cifraron en ochenta mil hombres, los que comenzaron a recorrer las comarcas armados con trabucos, bombardas y todo tipo de armas, con la intención de poner fin a las fortalezas de los nobles. Pero no penséis que los Irmandiños eran solo campesinos armados con instrumentos agrícolas, en la organización había personas relevantes, caballeros e hidalgos, contaban con armeros, experiencia militar y claro, respaldados por intereses políticos. Imparables en sus objetivos, el 25 de abril 1467 y con la sorpresa como su baza principal, atacaron y arrasaron el Castillo Ramilo en los aledaños de Ourense, a la victoria del ataque hay que unir la falta de apoyo por parte de los vasallos del castillo a sus propios amos, que hicieron la vista gorda ante el asedio, facilitando bastante las cosas a los Irmandiños.Los nobles, viendo la magnitud y el poder de la hermandad, algunos decidieron abandonar Galicia, buscando refugio en tierras de Castilla o Portugal, otros fueron interceptados en su huida por las fuerzas de la Condesa de Ribadavia y encarcelados durante años. En poco tiempo los Irmandiños arrasaron con 169 fortalezas, sin contar las que se le entregaron voluntariamente.
Pero como la condición humana es destructiva, en 1469 comenzaron las diferencias entre los diferentes dirigentes de la hermandad, debilitando la unión y acentuando la confrontación entre ellos. Además dos acontecimientos marcaron el principio del fin, la muerte del infante Alfonso y la reconciliación de Henrique IV con la nobleza opositora, traicionando a la comunidad Irmandiña, a la que le había dado su apoyo hasta ese momento. Esta situación de incertidumbre y desconcierto acentúo la preparación del retorno de los nobles exiliados a sus antiguas tierras, buscando apoyos en Portugal. En ese mismo año, a comienzos de verano un ejército de lanceros traspaso las fronteras de Portugal y en una cruel batalla derrotaba a diez mil Irmandiños, en Julio la ciudad de Santiago de Compostela se vio obligada a abrir las puertas al arzobispo. Poco a poco, los nobles retornaron de nuevo a Galicia, a sus posesiones y todo el sueño Irmandiño fue diluyéndose en el tiempo, en parte gracias al apoyo de los Reyes Católicos que querían pacificar el Reino de Galicia, para claro está, sus propios intereses. Ahora, con el paso del tiempo, los esqueletos de los castillos hablan de esas batallas, de las luchas por los dominios y deberíamos reflexionar al contemplarlos, pues todo apunta a que esta sociedad tal vez debiera ir irremediablemente hacia una nueva revuelta Irmandiña, lo estamos pidiendo a gritos.
Anxo Rial.
Camino Inca.
por Anxo Rial el 23/Mayo/2010. Clasificado en Fotos, Montaña, Viajes
Estoy lleno de polvo y tengo calor. Por si fuera poco, me duele la espalda, la tengo dolorida de estar tanto tiempo colgado del arnés, con el taladro y todos los aparejos que utilizo para abrir nuevas vías de escalada. Pero esta nueva ruta esta terminada, lista para subir y va a ser dura. Ahora toca descansar, una naranja es ahora mismo mi mayor recompensa, esta fresquita y sabe a gloria.
Me refugio a la sombra de la roca, hace calor aquí en León a pesar de estar a finales de mayo. Mientras me escondo del sol contemplo esta nueva hilera de chapas brillantes. Si ya se que solo es una piedra, pero para mi, que me gusta leer la roca, significa algo más, aúna esfuerzo e ilusión y ahora solo falta ponerle un nombre, bautizarla y creedme, a veces las musas no me asisten para tal simple ejercicio. Aquí tras la gran roca, se esta bien, mis pensamientos deambulan por las cumbres cercanas y relajado pienso en lo alejado que estaba de este lugar hace solo unas semanas, cuando, también con el sol sobre mi cabeza comenzaba el trekking que en cuatro jornadas me llevaría al Machu Picchu, en Perú.
Los Incas construyeron una elaborada red de rutas y caminos a lo largo de más de cuatro mil kilómetros para controlar su imperio, hasta que los españoles, dirigidos por Francisco Pizarro derrotaron en 1533 las últimas resistencias de esta civilización. Ahora estoy aquí, en Perú, dispuesto a conocer un poco más los misterios de los Incas. Sí, el sol aprieta cuando comienzo a caminar a la orilla del río Urubamba, por delante me esperan tan solo cuarenta y ocho kilómetros hasta mi destino final, pero esta ruta es un constante curva de nivel, una sierra de constantes subidas y bajadas, una prueba para las piernas y la resistencia, además en ese lugar la altitud y la falta de aire es traicionera con el organismo, hay que tomárselo con calma y aclimatar si no quiero tener problemas. Poco a poco gano altura y la estela plateada del río va quedando reducida a un simple trazo en el fondo del valle. A media tarde llego al primer campamento Wayllabamba. Al llegar los sherpa tienen la tienda lista y el té caliente, un autentico lujo para el lugar en donde me encuentro. Bueno, no estoy acostumbrado a que nadie lleve parte de mi mochila, pero aquí es obligatorio la contratación de porteadores y guía, el Camino Inca es transitado por miles de personas al año, los controles son rigurosos y el cupo de caminantes diario también. Esta es una manera de industria para los porteadores locales, una dura y pesada forma de sobrevivir en este país.
La segunda etapa, comienza después de un estupendo desayuno. La parte negativa la ponen los papeleos y la burocracia de los funcionarios que se estorban en los controles. Pero, afortunadamente cuando uno esta arropado por este escenario, cualquier contratiempo se diluye rápidamente en la memoria, de nuevo me entrego a las maravillas del camino, que ganando altura de forma precipitada zigzaguea entre la vegetación, robándome el aliento a cada paso. Esta es la etapa mas dura del camino, una larga cuesta de 1.200 metros de desnivel que me deposita en los 4.200 metros del monte Warmiwañuscca. Necesito, parar, no solo para retomar aire, sino, para contemplar el camino que acabo de dejar atrás, el paisaje y la nieve, pues el paso esta nevado. Los porteadores, casi descalzos, caminan cargados sobre el frío manto blanco, veo mis pies y me siento incomodo, casi culpable por tener unas buenas botas. Es hora de continuar, me espera una larga y penosa bajada sobre prehistóricos escalones desiguales, que destrozan las rodillas hasta el próximo campamento, Pacaymayo esta en el fondo del valle, al lado de un pequeño arroyo. Los últimos rayos de sol tiñen las cumbres más altas, el día se termina y caigo rendido por el cansancio y la altitud, tan solo distingo entre sueños que llueve, lo que apacigua aun más mi espíritu.
A medida que avanzo el camino cambia de pavimento, de la tierra a las piedras y escalones escrupulosamente asentados, de la densa vegetación y la niebla del bosque nublado, a las vistas de los brillantes glaciares de Nevada Verónica y todo salpicado de antiguos asentamientos incas que acentúan todavía más el misterio de esta civilización. Ahora estoy en uno de los campamentos más privilegiados de todo el camino, en Wiñaywayna, las vistas de los nevados son espectaculares, el lugar es tan escarpado, que parece que estoy en un verdadero balcón. Pero no puedo quedarme, el guía dice que es mejor continuar, ganaremos tiempo para la etapa del día siguiente, lastima, amanecer aquí debe ser mágico.
La ultima jornada, me despiertan temprano, las tres de la madrugada son horas inciertas para mi, horas en las que dudo que los caminos estén puestos. Pero, es la hora justa, la planeada llegar a Intipunku, la Puerta del Sol. Camino varias horas en la oscuridad por un camino incierto, solo alumbrado por la luz de mi frontal, hasta un último tramo de empinadísimos escalones. Al final de la escalinata se encuentra la rectangular Puerta del Sol, desde este lugar asisto a un espectáculo único, irrepetible. La bruma se disipa, las montañas enseñan sus cumbres y la ciudad perdida de Machu Pichu recibe los primeros rayos de sol. Me resulta difícil moverme, aquí me paso largo rato, contemplando el amanecer, los cambios de color y pensando que sentiría el arqueólogo americano Hiram Bingham, cuando en 1911 descubrió este lugar, creyendo que había encontrado Vilcabamba, la ciudad de la resistencia, donde los Incas plantaron cara a los españoles.
Solo me queda descender lentamente desde aquí hasta el corazón de la cuidad. Me pierdo entre los asentamientos de muros incomprensiblemente ajustados, donde no entra un alfiler entre sus piedras. Prefiero no buscar explicaciones a cosas incomprensibles para mí, me dejo llevar a través de sus pasadizos, sus altares, o el poste “donde se amarra el sol”. Todavía estoy dispuesto a un último esfuerzo, desde el cerro Huayna Picchu hay unas vistas excelentes de Machu Picchu, veo la ciudad inca desde las alturas, la observo con parsimonia, sin prisa, grabándola en el baúl de los recuerdos para recuperar más adelante estas vivencias, presiento que tardare en volver a este lugar. Un ultimo vistazo, antes de descender por una polvorienta pista a Aguas Calientes, el poblado donde la especulación ha dado al traste con la magia del lugar y lo único bonito que queda es su nombre. Desde este núcleo turístico, tomo un tren a Cuzco, un tren de los de antes, incomodo y lento, pero mágico, fantástico y diferente.
Esta noche dormiré bien, soñando todavía con Perú, con las montañas, la niebla y la selva, mañana escribiré el nombre a la nueva ruta de escalada, será mi “Camino Inca”.
Anxo Rial.
Faneka Brava.
por Anxo Rial el 19/Abril/2010. Clasificado en Viajes
Buuenasss, soy una Faneca, si uno de esos pequeños peces tan odiados en verano, simplemente porque pincho los pies a los bañistas. Bueno, esa es su versión de los hechos. Lo que nadie sabe, es que yo estoy reposando, descansado en la placida orilla del mar, disfrutando del verano y son los bañistas los que invaden mi espacio y me pisan. Que voy a hacer yo, tengo que defenderme, es defensa propia, instinto de supervivencia.
Veo que este año, el buen tiempo tarda en llegar y eso tendrá sus repercusiones en el futuro. Al final todos los humanos vendrán juntos a la playa, terminando con mi paz, mi sosiego y yo claro, no tendré más remedio que volver a ser un pez malo. De momento, disfruto de la tranquilidad de estas aguas, porque esa es otra cuestión, nada más llegar el buen tiempo el agua se llena de barcos, de lanchas. Todo lo que flota lleva un humano encima. Pero ahora…mmmm, ahora estoy tranquila, viajando de un lado a otro de la costa, moviéndome a mis anchas por la orilla, esquivando las trampas de los pescadores, esa es mi rutina diaria, pero me gusta.
Bueno, me olvidaba comentaros que mi zona de habitat es la costa de las Rías Gallegas, la zona sur más conocida como Rías Baixas, el agua es mas calentita y las corrientes más suaves, porque a mí, las aguas agitadas me marean. Hace un tiempo habité en la zona de Fisterra, ahí donde se termina el mundo, pero esa no era vida para mi, todo el día eléctrica por culpa de las mareas vivas y que frío. Nada, un día hice las maletas y aquí estoy, esto sí es vida, aunque tengo que reconocer que este invierno fue duro y salvo momentos puntuales como la tragedia del Prestige, la vida aquí es placida.
Ahora estoy en Catoira, donde confluyen las aguas del océano y las del río Ulla, desde este lugar, me dicen que desenbarcaron los restos del Apóstol Santiago hacia Iría Flavia y desde allí a la que hoy es la catedral. Bueno, son leyendas que pasan de padres a hijos, ya sabéis como es eso. Me gusta moverme por estas aguas, son tranquilas y desde este lugar veo las torres vikingas. En la Edad Media, época en la que yo no había nacido, esta zona de Galicia era el objetivo de los piratas normandos y vikingos del Norte de Europa, así como los sarracenos del norte de África, los humanos son muy peculiares y siempre están a la greña. A principios del Siglo IX, Alfonso III mando construir el Castellum Honesti para hacer frente a los barbaros invasores. El emplazamiento elegido fue, justo donde ahora me encuentro, en la desembocadura del río Ulla. Durante siglos esta fortaleza contuvo todas las incursiones que venían del mar con el fin de atacar la ciudad de Santiago de Compostela. Ahora la mayor parte del año, este lugar permanece solitario hasta el primer domingo de agosto, que es cuando se celebra el desembarco vikingo. Es un día muy peligroso para mi, corro el riesgo de morir aplastada por la muchedumbre que salta de los barcos, ese día nunca estoy por estas aguas.
Otro de mis lugares favoritos es Cambados, desde la orilla veo las luces del pueblo al atardecer, las bonitas puestas de sol y sin duda mi lugar preferido son los bajos de la Torre de San Sadurniño. Los múgeles, que siempre están dando vueltas por la zona, me han dicho que por aquí estuvieron también los vikingos. Es por ello, que el Arzobispo Diego Gelmirez mandó construir esta torre para la defensa de la Ría, en unión de las que existían en A Lanzada y en Catoira. Así, cualquier incursión de los piratas era correspondida con el encendido de hogueras en su parte superior alertando a la población. En el siglo XIII fue reformada por el arzobispo Gelmírez, pero los Irmandiños la destruyeron un siglo después. Así fueron pasando los años hasta quedar en el estado que presenta hoy, desmoronada por los siglos, pero me encanta este lugar. Mas allá de la fachada marítima dicen que hay otras maravillas, el Pazo de Ferfiñans, o las ruinas de Santa Mariña, pero claro, yo nunca las veré.
Sanxenxo es muy bonito, pero en época estival me saturan tantos pies en el agua, demasiados bañistas en tan poco espacio, además las picaduras no suelen ser de calidad, vamos que no me aportan nada. Sin darme cuenta estoy nadando entre rías, de la de Vilagarcia a la ría de Pontevedra, aguas ya industriales, con mucho barco y aparejo de pesca, trampas en definitiva para una faneca indefensa como yo. Las rompientes de A Costa da vela y sus acantilados son para mí como las grandes olas a los surferos, son mares bravíos, agitados y adrenalínicos. Me gusta la emoción, pero solo de vez en cuando. El final de los acantilados y los peligros, están marcados por los faros de Cabo Home y vuelven las aguas tranquilas de la ría de Vigo, en la que casi nunca entro, aquí el agua ya sabe mucho a ciudad y yo soy más bien un espíritu libre, enfilo mis aletas a las Illas Cíes, ahora Parque Natural y un remanso de paz para nosotros, desde aquí, cuando tengo ansiedad me pongo rapidito en la playa de Barra y me camuflo en la arena, esperando acariciar alguna planta de pie, eso me va en las escamas, no lo puedo evitar, espero que me perdonéis si algún día me notáis bajo vuestro pie, pues ya será tarde.
Anxo Rial.
Nueva Zelanda (II)
por Anxo Rial el 26/Marzo/2010. Clasificado en Fotos, Viajes
Es de noche cuando diviso las primeras luces de Picton, el primer lugar de tierra firme de la Isla Sur. Es probable que los neozelandeses Split Enz se inspiraran en una travesía a través del estrecho de Cook para hacer su canción “six months in a leaky boat”. Cruzar el estrecho no lleva más de unas cuantas horas en el ferry, pero a mí me parecieron meses de agitada travesía. No soy un lobo de mar.
Por fin tierra firme, no veo nada entre tanta oscuridad, pero hay miles de estrellas sobre mi cabeza, seguro que mañana hará un buen día. Despierto entre un campo de viñedos, en la región de Nelson, el día de momento amanece estupendo, pero en el horizonte unas nubes amenazantes y negras indican que no estamos en verano, aquí en Nueva Zelanda es septiembre, por lo tanto, finales de invierno en esta parte del mundo, puede llover o nevar en cualquier momento. Después de tomar una estupendo desayuno a base de un aguado cafe y unas enormes muffis, me pongo rumbo a la costa, mi próximo destino son las increíbles playas del Abel Tasman National Park. Aquí el paseo que recorre el bosque es de los más apreciados del país, pero dentro de parque hay muchas más alternativas para el ocio. A pesar de ser un centro con muchas visitas, todo esta increiblemente limpio y cuidado.
A medida que voy devorando kilómetros me doy cuenta que estaba equivocado pensando que la isla norte era espectacular. Esto es mucho más bonito !!. La diversidad de paisajes es abrumadora y es dificil para mi no detenerme en cada recodo de la carretera. En poca distancia paso de playas salvajes a ensenadas cubiertas de bosques tropicales, combino lagos de todos los tamaños a tramos de costa abrupta y bravía y cómo telón de fondo las cumbres nevadas de los Alpes Meridionales. Cuando llego a Punakaiki una suave lluvia me acompaña, la nube negra me a localizado y me persigue, espero que se aburra de este pobre extranjero y se dedique a mojar objetivos más interesantes. Aquí en Dolomite Point, la naturaleza ha trabajado miles de años para dar forma a unos acantilados calizos de extrañas proporciones. Cuando sube la marea, las cuevas subterráneas se convierten en respiraderos que expulsan en agua del mar a gran presión, por un momento y ante el espectaculo me imagino grandes ballenas pétreas respirando al unisono. Toda esta parte de la costa, con el Mar de Tasmania como telón de fondo es muy agreste, las playas están llenas de enormes troncos clavados en la arena por la fuerza de las olas, es dificil plantearse un baño aquí, el mar asusta y me hace sentir insignificante ante tanto poder. El día, entre tantas emociones, paso volando, por otra parte suele ocurrir este curioso fenomeno cuando uno esta de vacaciones. Como la carretera va literalmente pegada a costa, aparco la camper al borde de la playa, en el primer lugar habilitado para ello, sin peligro, se que en este país nadie me va a molestar, circular en autocarabana en Nueva Zelanda es como tener una Harley en estados unidos, todo un culto a una forma de vida. Preparo la cena y me voy a dormir.
Despierto con un escalofrio, ha nevado durante la noche, a mi espalda tengo las cumbres nevadas de los Alpes, frente a mí, la playa completamente llena de nieve y las olas con su vaivén levantan vapor de esa fusión de temperaturas, el sol da la pincelada que falta al espectaculo y difícilmente se puede contemplar algo más maravilloso a estas horas de la mañana. Me levanto eléctrico, como un niño, dispuesto a hacer miles de fotos, a capturarlo todo en mi retina. Desde la playa, la carretera serpentea entre lagos de diferentes tamaños, bosques y playas desiertas, un zig-zag constante de paisajes cambiantes, diferentes, así hasta llegar a uno de los asentamietos humanos más turísticos de esta zona de la costa, el pueblo de Fox.
Desde este punto y en un corto paseo me pongo a los pies del glaciar Franz Josef, casi se puede oler el mar desde los pies del glaciar, lo que resulta inaudito para un europeo, en la vieja europa, los glaciares suelen estar adentrados en lo más profundo de las montañas. Desde el pueblo de Fox organizan excursiones a la base del monte Cook o te llevan en avioneta al glaciar superior, en lo que ellos llaman “vuelos escénicos”, todo fácil, sin complicaciones, al servicio del viajero. La carrera abandona la costa, comineza a ganar altura hasta cruzar el Haast Pass, para llegar al Lago Wanaka. Después de comer al lado del lago y tomar un respiro, la estrecha carretera va encadenando lago tras lago, cada cual más espectacular que el anterior, como si compitiesen entre ellos por la belleza. Las cumbres nevadas y el intenso azul del cielo se reflejan en el agua turquesa, es difícil describir el espectáculo sin perderse en emociones, mejor será plasmarlo en una foto y el resto dejarlo a la imaginación. Atardece cuando llego a la ciudad de Queenstown y me siento un poco triste, otro dia se me escapa y cuando uno se encuentra en estos lugares, la verdad, seria deseable que algún dios superior alargase las jornadas al doble, como minimo. Esta pequeña localidad de casas bajitas llamada Queenstown es la capital de la aventura de Nueva Zelanda, desde la década de los 70, ha ido evolucionando para convertirse en centro turístico internacional, todo lo imaginable en el mudo de la aventura esta aquí, rafting, bici de montaña, sky, puenting, escalada, ala delta, parapente…solo hay que elegir, pero también, si no te va el deporte, puedes tomarte un estupendo cappuccino en una de las terrazas con vistas al lago Wakatipu o recorrer las muchas tiendas que hay en el pueblo. De momento me quedo disfrutando del cappuccino, aquí los preparan como en ningún otro lugar del planeta y esperare a mañana para elegir mi deporte.
Anxo Rial
Nueva Zelanda (I)
por Anxo Rial el 19/Marzo/2010. Clasificado en Fotos, Viajes
Cuando el avión hace tierra, ya me había olvidado de que esta existía, después de 26 horas de vuelo, el mundo se reduce a una cabina de avión, unas cuantas guapas azafatas, gente nerviosa, niños llorando y nubes que impiden ver lo lejos que estoy de nuestro medio natural.
Pero afortunadamente ya estoy en el aeropuerto de Auckland, Nueva Zelanda. Un aeródromo pequeño, acogedor y moderno. En el exterior me aguarda la que será mi casa en las próximas semanas, una enorme autocarabana, con el volante a la derecha, empezamos bien. Me dicen que es normal, aquí conducen como los británicos, por la derecha, esto se pone interesante. Tengo que conducir concentrado, las marchas entran con la izquierda y las rotondas tienden a hacerme la vida imposible, pero los neozelandeses son extremadamente amables al volante y lo perdonan casi todo, nadie me atosica con el claxón. Auckland es un lugar ideal para disfrutar de la vida urbana, la gente conbina sus horarios comerciales con el deporte y el ocio, es una ciudad comoda y abierta al mar, como Vigo, pero sin edificios que impidan ver el mar, no sé si pilláis la ironía.
Bueno, resumiendo, Auckland es una maravilla, así que lo mejor es dar una vuelta por el centro y ver como es esta ciudad desde el interior. Uno de cada tres neozelandeses vive en esta urbe o en sus aledaños y la verdad no me extraña, yo también lo haría. La mezcla de habitantes europeos, maoríes, polinesios y asiáticos, dan a la ciudad una diversidad cultural y cosmopolita que ya quisieran para sí muchas ciudades europeas. Ya que estoy en el kilometro “0” lo mejor es subir a los 328 metros de la Sky Tower, desde su restaurante giratorio las vistas son espectaculares y este punto de vista no tiene competencia en toda la ciudad. Disfruto de un café, mientras la mirada se pierde en el horizonte, entre colinas verdes, casitas de madera y veleros, hay muchos. Auckland tiene la reputación de ser la ciudad con el mayor número de barcos de recreo del mundo.
Pierdo todo el día entre las calles de esta tranquila ciudad y me doy cuenta que es una buena manera de “malgastar” mi tiempo. Después de una cena en uno de los muchos restaurantes italianos y con el tráfico más calmado, me echo de nuevo a la carretera con este mounstro de cuatro ruedas, poco a poco lo voy dominando. De momento me dirijo hacia las grandes llanuras verdes de la isla norte siguiendo la nacional 5, aqui las carreteras son estrechas, normalmente sin arcén y si algún dia existio, este fue devorado por el verde del musgo. Mi próximo destino es Rotorua, la ciudad maorí por excelencia, pero eso lo veré mañana.
Despierto a las orillas del Lago Rotorua, la bruma se evapora con los primeros rayos de sol. No doy crédito al espectáculo, esto es increíblemente bonito. Pero lo más reconfortante es que nadie presiona al viajero, la tranquilidad es absoluta, casi irreal para mí, un turista europeo. En Europa, casi siempre tenemos prisa para todo, todo lo contrario de Nueva Zelanda, donde todo es equilibrado y pausado. Rotorua es el centro termal de la isla norte y uno de los destinos turísticos más populares. Aquí hay todo tipo de piscinas, aguas minerales y tratamientos para los amantes de los balnearios. No me voy sin visitar Waiotapu Thermal Wonderlandl la más famosa es la humeante piscina champan, pero esta es una tierra de geisers, ciénagas de hirviente lodo y pozos de ácidos donde es mejor no caerse.
Continúo mi recorrido extasiado por el paisaje, la diversidad de contrastes y maldiciendo entre dientes el lugar donde vivo todos los días, bueno, mis pensamientos van dirigidos a los pésimos políticos que nos gobiernan, por no hacer de la maravillosa ría de Vigo un “Auckland a la Gallega”. Taupo es uno de los Lagos más grandes de Nueva Zelanda, enorme como un mar interior, donde no es posible distinguir sus orillas. Aquí, paseando al borde del agua una bandada de patos se acerca volando hasta donde yo estoy, sin temor me rodean y al poco rato, reeprenden de nuevo el vuelo. En la misma dirección de mi viaje encuentro el Tongariro National Park. Una vez aquí lo mejor es siempre visitar el centro de información, -en cada rincón del país hay uno-, éstos son auténticos salones enmoquetados, el de Tongariro tiene todo tipo de información sobre los senderos que permiten ver de cerca los volcanes o cualquier rincón del parque, exposiciones, lugares para el ocio o viajes expres para los más despistados. Tomando como referencia el Mar de Tasmania, voy recorriendo la isla, bajando hacia la localidad de Wellington. Colinas onduladas, prados tapizados de verde, montañas, granjas aisladas, ovejas, caballos y pequeñas poblaciones son las señas de esta parte del país, un paisaje cambiante con cada curva de la carretera.
Wellington es la capital de Nueva Zelanda y el extremo sur de la isla norte, aquí llegaron los colonos europeos a mediados del siglo XIX y hasta ese momento gigantes árboles milenarios cubrían estas tierras. Entre las décadas de 1870 y 1910, toda la zona se convirtió en la base del mayor proyecto de deforestación de país. Hoy, el paisaje es bien distinto, las casas de madera pueblan las laderas que caen al mar y la ciudad resulta tranquila y encantadora. Desde la colina donde se encuentra el jardín botánico, asentado en un antiguo cementerio, hay unas excelentes vistas de la ciudad y entre sus curiosos edificios esta la construcción de madera más grande del hemisferio sur, un inmueble llamado Old Government Buildings, hoy universidad de derecho. La verdad me cuesta creer que este edificio sea todo de madera, lo tengo que tocar para cerciorarme de que es así. Sin duda una verdadera obra de arte.
Llega el momento de continuar mi viaje, ahora en barco, el ferry me cruzara por el embravecido Estrecho de Cook a la otra pare de este país, la Isla Sur, así que nos vemos en el otro lado.
Anxo Rial.
San Pedro de Rocas, tierra de monjes.
por Anxo Rial el 09/Marzo/2010. Clasificado en Fotos, Viajes
San Pedro de Rocas es un pequeño santuario, un templo casi mágico y oculto en un espacio compartido a partes iguales por “penedos” de infinitas y caprichosas formas y un denso bosque de pinos, castaños, abedules y robles.
Gemodus fue un caballero del siglo IX, en una ocasión estando de cacería con varios de sus comensales descubrían juntos este increíble paraje. Confundidas con la maleza se hallaban también unas ruinas del siglo VI, que atestiguaban la presencia humana en Rocas. Impresionados por el paraje y como si de una secreta comitiva se tratara, deciden retirarse a las cuevas ocultas entre la bravura del bosque y restaurar el recinto. A partir de ese momento cambiaría la vida de estos caballeros, dedicando su existencia a la meditación y la penitencia, olvidándose del mundo y entregando su espíritu al lugar. Que postura tan radical y difícil de entender en el mundo actual en que vivimos, donde todo necesita una explicación.
Lo primero que llama la atención a la hora de contemplar el conjunto de edificios que forman el santuario es su curioso campanario, allí inevitablemente se dirigen mis ojos. Este, situado al norte de los principales edificios, destaca por estar asentado sobre un impresionante “penedo”, una gran piedra de diecinueve metros de altura y con un tosco arco labrado en granito, todo tallado a mano y cincel.
El interior de la pequeña iglesia destaca por lo rudimentario y lo sencillo del recinto, un altar mozárabe y sepulcros con forma humana excavados en la misma roca forman parte de este misterioso y sombrío paisaje interior. Este edificio, es el más antiguo de los templos católicos conocidos y uno de los monumentos más importantes de la provincia de Ouresnse.
Pero no penséis que este lugar fue siempre así, a lo largo de la historia, como si de una plaga se tratase, diferentes incendios marcaron la evolución o la destrucción de San Pedro de Rocas, el más reciente y devastador acontecía en 1928, las llamas reducen el pequeño monasterio a un desolador estado. Con el conjunto monástico en ruinas, los feligreses tienen que refugiarse en la vecina Santa María de Esgos. Lamentablemente en la época se toma la decisión de no restaurar el recinto y se construye una nueva iglesia en la cercana parroquia de Quinta, hasta allí se trasladan las campanas del rústico campanario y San Pedro de Rocas, ya sin el lamento de sus campanas, entra paulatinamente en el silencio y el olvido. Es en la última parte del siglo XX cuando se presta de nuevo atención a este espacio que soporta cerca de mil quinientos años de historia y se afronta su restauración definitiva.
Conociendo un poco la historia de San Pedro de Rocas, el paseo por el lugar cobra nuevas perspectivas. De nuevo me dirijo al vetusto campanario, sin duda símbolo del monasterio, se especula como seguro constructor de este campanil al prior Gonzalo de Penalva a mediados del siglo XV. Por unas rusticas escaleras de piedra, subo hasta esta modesta atalaya que me obsequia con unas vistas increíbles de estos cultivos pétreos. Piedra y bosque forman un paisaje sin fisuras, armónico y denso.
Una vez en el suelo y por una calzada gastada por los años, la espesura del bosque se apodera de mi sombra. Antes de descender por la senda empedrada, hay un pequeño cementerio, un camposanto tapizado de musgo y hojarasca, que de alguna forma transmite al observador esos sentimientos de paz, olvido y dejadez. Más allá, a la sombra de una gran roca, la fresca fuente de San Benito, que en estas épocas expulsa agua sin control.
Sigo una senda que se adentra en un paraje totalmente arbolado, sorteando pequeños cauces de agua y curiosas formaciones rocosas de varios tamaños. También, a medida que el camino avanza, me contagio del ambiente rural de las pequeñas aldeas que viajan paralelas en el tiempo a la historia del monasterio, Cernada, Arcos, Esgos, diminutos núcleos habitados que fueron prosperando en torno al pequeño centro religioso y donde parece haberse detenido los años. Pináculos de oración, Petos de Animas, cruceiros, el camino rezuma historia pues comparte pasos con el cercano Camino Real.
El tiempo pasa y al final de este pequeño recorrido, el monasterio de San Pedro de Rocas vuelve a reaparecer entre el bosque, con su visión es posible acariciar aquellas lejanas sensaciones de paz y utopía, que seguramente sintió el caballero Gemodus, cuando descubrió este lugar. Tal vez el idealista caballero pensó que el tiempo se detendría sin llegar a traspasar los gruesos muros del cenobio, conservando el lugar intacto a los ojos del progreso. Es bueno tener ilusiones, este rincón conserva aún esas pequeñas dosis de paz y no sere yo el que levante la voz.
Anxo Rial.
Riaño, el paisaje sumergido.
por Anxo Rial el 24/Febrero/2010. Clasificado en Montaña, Viajes
Riaño podría ser perfectamente uno de los pintorescos y acogedores pueblos que salpican la apacible montaña de León, podría, pero el destino jugo una mala pasada al paisaje y a sus gentes. Una fatalidad que transformaría la fisonomía de un pueblo que hasta entonces solo se regía por las leyes naturales de los neveros y los ríos.
Cuando en la lejanía diviso las construcciones del “nuevo” pueblo de Riaño, un aire gélido me saluda, el día está totalmente despejado y hace sol pero noto que la montaña Leonesa y las alturas no perdonan, hace fresquito. Detengo mi automóvil a un lado de la serpenteante carretera y contemplo el conjunto que forman las cumbres escarpadas, los prados verdes y el pantano. Desconozco como seria el valle original donde estaba asentado el antiguo pueblo, pero de verdad que lo que veo es espectacular. Rodeado de montañas el pantano actúa como un espejo y contemplando este gigantesco reflejo es fácil dejarse llevar, soñar y de nuevo, como muchas otras veces, llegar a la conclusión que es difícil superar tanta belleza, lo que veo es un lienzo ya terminado.
Me tomo mi tiempo antes de volver a la carretera, cruzo el largo puente y sin poder evitarlo me topo Riaño. Me encuentro con un pueblo desubicado, sin personalidad, como si el espíritu del asentamiento original hubiese quedado sepultado para siempre bajo las aguas de pantano. Todo, salvo algunos recuerdos del pasado, es nuevo y las construcciones son edificios, no muy grandes, pero edificios al fin y al cabo, que no tienen justificación en medio de este lugar. Dañan el paisaje y la sensibilidad de mi retina.
En medio de la calle un pastor con su rebaño atasca la arteria principal del pueblo, bueno, no atasca nada en realidad, estamos a finales de septiembre y el tráfico es nulo. Como el estrés y la prisa no forman parte del modus vivendi de esta gente, me dispongo a disfrutar del tiempo paliqueando con el pastor. Me cuenta como era el antiguo pueblo, del trajín de sus calles, de las ferias de ganado. Hay resentimiento en sus palabras cuando me habla del desalojo, de las cargas policiales, de la impotencia de sus paisanos. Pena, melancolía y recuerdos de una etapa más joven en su vida son lo que trasmiten sus palabras. Me habla de las fechas, de los números malditos que marcaron la línea de vida del antiguo pueblo, una el 25 de febrero de 1966 cuando el Consejo de Ministros autorizó la ejecución del tapón de hormigón de la imponente presa. La otra, cuando el 7 de julio de 1987, veintiún años después, comienza la demolición definitiva de Riaño y los pueblos del Valle.
Entre estas dos marcadas fechas existe un tira y afloja por parte de los habitantes del pueblo por salvar sus hogares, una lucha condenada al fracaso, si éxito. Ya por fin y después de una larga agonía, una fría y gris tarde del mes de diciembre de 1987 se cerraba definitivamente la presa de Riaño y comenzaba así el lento avance del agua. Ahora los recuerdos hay que buscarlos en viejas fotos o en la memoria de sus habitantes. En cualquier caso es difícil no impresionarse con la visión de Riaño. Si el día es tranquilo y soleado como hoy, la perfilada silueta de un pico esbelto, puntiagudo y aparentemente inaccesible, marca su reflejo en las aguas del pantano, el Gilbo no es el más alto de todos los que rodean Riaño, pero sí el más bonito. Yo os dejo, de momento me quedo aquí, disfrutando y soñando con su cumbre.
Anxo Rial











































